
Hace 20 años, España se convirtió en un referente en los derechos LGTBIQ+ y ahora la ultraderecha quiere convertir nuestra sociedad y nuestro país en un referente de odio, utilizando discursos viejos que, lamentablemente, aún tienen eco.
Hemos conseguido lo que hace una generación era impensable: nuestras familias son legales y nuestras vidas, también. Sin embargo, la amenaza de perder estos derechos está ahí.
Yo nací enferma y la OMS me curó mágicamente en 1990. Dejé de ser socialmente peligrosa en 1995. Ahora veo que esas sombras no desaparecen y que tengo que seguir firmando contra las terapias de conversión y llorar con rabia cuando nos siguen matando, mientras algunas y algunos lo justifican, lo banalizan o lo enmascaran.
Los (malos) recuerdos de las lesbianas cincuentonas son una guía de los bandazos de la sociedad: cuando ese chico me tocaba sin consentimiento porque “era lo que me hacía falta”, cuando la amiga con la que me había besado la noche anterior me ponía cara de asco al día siguiente, cuando me daba miedo dar la mano a mi novia por la calle; cuando me dijeron que tener hijas, en “mi caso”, sería perjudicial para ellas; cuando pensé que iban a quitarme su filiación si el PP ganaba en el Constitucional el recurso contra el matrimonio igualitario, cuando Hacienda me dijo que no tenía derecho a desgravaciones porque no era la “madre verdadera”, cuando una alumna hace chistes a mi costa y cuando a una lesbiana le dan una paliza al volver a casa al grito de bollera de mierda… Junta todos esos (malos) recuerdos como lesbiana con los que tengo como mujer: “Cuida de tus hermanos”, “¿Ya tienes novio?”, “¿Por qué no estudias algo más fácil?”, “A las mujeres se os da mejor ser maestras”, “La dirección la lleva mejor un hombre”…
Cuando ves que tu identidad se cuestiona, que tu existencia se discute, que pretenden reducir la igualdad como si fuera un privilegio o que la ultraderecha somete nuestros derechos a debate, solo cabe decir que nos tendrán enfrente, como lesbianas, mujeres y sindicalistas. Nuestra lucha nunca ha sido fácil. Estamos triste mente acostumbradas a pelear cada día y no tenemos miedo a seguir haciéndolo.