Como cualquier incendio representa una seria amenaza para el ser humano, es necesario educar sobre cómo prevenirlos y cómo actuar ante ellos. Centrándonos en los forestales, y tras un verano devastador, debemos reflexionar sobre cómo abordamos su problemática en el aula. Hay que educar sobre cómo prevenir y actuar ante los incendios forestales; qué consecuencias ecológicas, sociales y económicas tienen desde un enfoque integral y multidisciplinar que combine teoría, práctica y el desarrollo de una cultura de la prevención, y el respeto por el medio rural y el medioambiente en el currículo escolar.
No podemos comprender qué son los incendios sin entender qué es el fuego y cómo se origina partiendo del «Triángulo del Fuego» (combustible, calor y oxígeno) para poder evitar y saber actuar ante ellos.
El fuego es una fuerza vital y destructora para el ser humano, de ahí su carácter dual y transformador. Es uno de los cuatro elementos clásicos desde la antigüedad, junto a la Tierra, el Agua y el Aire, con diferentes significados que van desde lo práctico, hasta lo filosófico y espiritual. Su descubrimiento y control fue esencial en el proceso evolutivo del homo sapiens al suministrarnos calor y protección, mejoró nuestra nutrición y salud alimentaria, permitió avances tecnológicos como la metalurgia y la cerámica; y, sobre todo, posibilitó iluminar la oscuridad de las noches, facilitando la actividad después del anochecer y fomentando la reflexión y el desarrollo social alrededor de una hoguera.
Debemos enseñar qué circunstancias naturales favorecen los incendios forestales (primaveras o inviernos lluviosos, y veranos cálidos) y qué fenómenos naturales y, sobre todo, qué actuaciones antrópicas los generan (descuidos, imprudencias e intencionalidades).
Conocer las consecuencias que acarrean: pérdida de biodiversidad; degradación, erosión y pérdida de materia orgánica y nutrientes de los suelos; afección al ciclo hidrológico por una mayor capacidad de escorrentía superficial y una menor recarga de los acuíferos; contaminación hídrica; alteración de los climas locales de las zonas afectadas; emisiones de Gases de Efecto Invernadero (GEI); devastación de entornos naturales y paisajísticos; ruina de actividades económicas como ganadería, silvicultura, agricultura, turismo rural…; afección a la salud humana, etc.
Prevención permanente
La prevención de los incendios forestales requiere acciones a largo plazo, no solo durante la época de riesgo. Las estrategias más efectivas combinan la gestión del territorio, el desarrollo rural y la concienciación social.
En esta labor de concienciación es esencial educar en el aula en cómo prevenir y cómo actuar ante un incendio forestal de manera tanto colectiva como individual. En su prevención es vital conectar con el entorno natural, conociendo las actuaciones que suponen un mayor riesgo, tanto en su génesis como en su desarrollo, y qué actividades están prohibidas según las zonas y los momentos concretos del año. Esto fomenta el respeto por la naturaleza y el entendimiento del impacto ambiental devastador de un incendio.
Respecto a cómo actuar, debemos enseñar en las escuelas pautas de autoprotección individuales y colectivas. Hay que exigir que todos los municipios, especialmente si están en contacto con zonas forestales, desarrollen y difundan sus planes de actuación ante los incendios forestales, incluyendo rutas de evacuación y puntos de encuentro que deben ser conocidos y practicados en el aula, con la consiguiente extensión a otros espacios de socialización.
El alumnado debe saber cómo actuar ante un incendio forestal si se encuentra en su pueblo o en su casa, circulando en coche, en el campo o en el bosque, y cómo y hacia dónde huir y cómo actuar si el fuego te alcanza.
Cambio climático como potenciador
Tampoco podemos olvidar que la vinculación entre los incendios forestales y el cambio climático es profunda y genera un círculo vicioso de retroalimentación positiva, al crear las condiciones ideales para que los incendios forestales sean más frecuentes, intensos y difíciles de controlar, a la vez que se aumentan las emisiones de GEI.
El calentamiento global no es el detonante directo del incendio, pero sí que es un factor clave que prepara el escenario para el desarrollo de los grandes incendios que estamos viendo en los últimos lustros en todo el planeta.
El aumento de las temperaturas hace que sean más frecuentes e intensas las olas de calor y, por lo tanto, la temporada de incendios se extienda en el tiempo. La modificación y alteración de los patrones de lluvias generan sequías más prolongadas, lo que trae consigo que la vegetación y los suelos estén más secos, convirtiéndolos en el combustible ideal para el fuego y el desarrollo de megaincendios.
Por todo esto es imprescindible que en el aula se aborden todos estos aspectos si de verdad queremos implementar una cultura de la prevención, puesto que esta es la mejor forma de evitar los incendios y sus efectos perversos.