En 2017 y en los años siguientes, tuvieron lugar las históricas manifestaciones por el 8M, donde la revolución se sentía a flor de piel y con una gran fuerza. Abuelas, madres y especialmente mujeres jóvenes fueron las protagonistas de un clamor que quería acabar con las violencias contra mujeres y niñas, romper con los estereotipos de género e impulsar el empoderamiento de todas.
A partir de entonces, la mayoría ya no nos pudimos quitar las gafas lilas y el sistema patriarcal fue cuestionado hasta sus entrañas. Yayo Herrero, ecofeminista y antropóloga, expresó: “No conozco ningún gran logro que no haya partido primero de una experiencia de malestar y luego de una politización de ese malestar por abajo, para llegar a conseguir forzar cambios a nivel institucional”. Forjar esos cambios es lo que ha conseguido la revolución feminista. Recordemos cómo las mujeres afganas se han levantado contra el régimen talibán que las ha expulsado de la educación, el empleo y la libertad de expresión y de movimiento; y las mujeres kurdas que están sufriendo la represión de una sociedad profundamente patriarcal con el índice de suicidios más elevado.
Todo se ha ido moviendo sin descanso. En los últimos meses hemos visto la lucha de las mujeres maltratadas durante el franquismo por el Patronato de Protección a la Mujer, para conseguir ser reconocidas como víctimas de la dictadura, destapando cómo se las vejó, maltrató y humilló. Otro aspecto destacado es que se ha reducido la brecha salarial entre hombres y mujeres, bajando del 29% (2002) al 17% en 2022. Sabemos que son avances muy importantes, pero queda mucho por avanzar…
Hay también momentos que son descorazonadores. En estas primeras semanas de 2026 han sido asesinadas seis mujeres: María Belén, Victoria, Carmen, María Isabel, Grazina y Pilar. ¡Qué dolor tan grande! La lacra de la violencia contra las mujeres y las niñas es la cara más terrible del patriarcado y parece que no va a acabar nunca.
Tampoco se ha avanzado en liderar el mundo. En el Estado español, de los siete presidentes desde la democracia, no ha habido ninguna mujer y solo una de cada cinco alcaldías está ocupada por mujeres. En los parlamentos del mundo, solo el 23% de los escaños están ocupados por mujeres. Resumiendo, la mayoría de las decisiones se siguen tomando sin nosotras.
Y en la educación, ese lugar privilegiado de la transformación social, ¿ha entrado la igualdad entre mujeres y hombres, y entre niñas y niños? Un estudio liderado por el grupo G-EPIC, con cinco universidades europeas –entre ellas la Universidad Carlos III de Madrid– sobre “el empoderamiento de las adolescentes en eficacia política”, ha concluido que las desigualdades de género se siguen reproduciendo en las discusiones políticas en el aula; las adolescentes participan menos por menor confianza, miedo a la evaluación y por experiencias interrumpidas. Sin una intervención pedagógica y unas prácticas inclusivas, las discusiones y debates en el aula tienden a reproducir jerarquías de género. Este es solo un ejemplo de la importancia de que la revolución feminista ha de entrar en las aulas y en todos los niveles. La coeducación ha de acabar con los estereotipos, superar las desigualdades y acabar con las violencias para garantizar centros igualitarios y seguros.
Este cambio de modelo no se dará solo. Las administraciones educativas han de ser valientes. Se aprueban leyes como la LOMLOE, positivas en relación con la igualdad y la coeducación, pero después no se ponen los medios para llevarla a cabo: la formación del profesorado, la sensibilización hacia la igualdad entre los sexos… se dejan al albur de la iniciativa individual, de los centros escolares o de las organizaciones sociales. El Consejo Escolar del Estado estuvo a la altura cuando consensuó, no sin dificultades, una Guía sobre Coeducación para implementarla en escuelas e institutos. ¿Y el nuevo Ministerio de Educación y Formación Profesional, las consejerías de Educación y los ayuntamientos se implicarán en este cambio tan necesario?
Otra herramienta imprescindible es que las universidades, la ANECA y los ministerios de Educación y de Universidades posibiliten los cambios necesarios en el currículo de Magisterio y del máster de Secundaria, para que cualquier docente obtenga los créditos de, como mínimo, un primer nivel en coeducación. Paralelamente, se tendría que planificar, dentro del horario laboral, formación para todos los equipos educativos y el personal. ¿O es que es menos importante la formación para construir una educación igualitaria que la formación obligatoria en competencia TIC?
Desde la Federación de Enseñanza de CCOO creemos que es imprescindible una figura especializada a jornada completa en cada centro, para que acompañe y asegure buenas prácticas, trabajando la utilización de lenguaje no sexista, la educación afectivo-sexual, la revisión de los libros de texto, los patios coeducativos y garantice la aplicación de la perspectiva de género en todas las actividades. Por lo tanto, debería generalizarse la entrada en las aulas de la economía feminista, la importancia de los cuidados y el uso de los diferentes tiempos para conseguir transitar hacia una sociedad feminista, justa socialmente y sostenible. También, habría que sumar a las familias y contar con la participación activa del alumnado.
El proyecto revolucionario del feminismo no avanzará lo suficiente si la educación no es feminista. Como dijo Mary Wollstonecraft (1792), “una educación igualitaria y racional es la clave para la emancipación femenina y el progreso social”.