Aparte del asco casi físico que producen esas grotescas imágenes de soldados en ciudades devastadas por las bombas sosteniendo nuestra bandera del Orgullo, esta utilización del colectivo LGTBIQ+ es un prisma con muchas caras en la que es imposible medir donde hay mayor ignominia. No solo porque esas falsas afirmaciones –“la primera bandera LGTBIQ+ en Gaza”– tratan de silenciar las voces y organizaciones palestinas que llevan muchos años trabajando por los derechos de las personas del colectivo en la región, no solo por la apropiación por parte del ejército de Israel de un símbolo tan importante para millones de personas en todo el mundo como es la bandera del Orgullo, ni siquiera porque el ejército israelí lleve muchos años utilizando la violencia sexual contra toda la población palestina y ahora se arrogue la defensa de la diversidad.
Es la enésima confirmación de que carecen de cualquier límite, que están dispuestos a lo que sea, como sea y cuando sea para tratar de manipular la opinión pública. La indigencia moral de la que hacen gala ni siquiera se detiene frente a un colectivo históricamente discriminado, que todavía lucha por sus derechos y que, en demasiados lugares del mundo, sigue viendo cómo nuestra mera existencia se castiga con la cárcel o incluso con la muerte. Ni siquiera eso frena la utilización oportunista de nuestras luchas, símbolos y conquistas para objetivos que nada tienen que ver con la libertad, y sí con la legitimación de un proyecto genocida y colonial.
Conviene recordar, además, que el pinkwashing no es exclusivo de Israel. Las personas LGTBIQ+ hemos sido utilizadas una y otra vez como escaparate de supuesta modernidad o democracia, al mismo tiempo que se nos negaban derechos básicos en los entornos laborales o se nos expulsaba de la agenda política cuando dejábamos de resultar útiles. Multinacionales, gobiernos y partidos se han servido de nuestra bandera para blanquear prácticas económicas, laborales o políticas profundamente injustas.
Pero la magnitud del empeño sionista en utilizar esta estrategia frente al mundo en medio del genocidio del pueblo gazatí, sobrepasa cualquier límite imaginable: la instrumentalización de la diversidad para justificar la ocupación ilegal y la masacre.
Ni el infierno que imaginó Dante resultaría suficiente para dar cabida a los horrores que sigue sufriendo la población palestina, la degeneración ética y moral de la que somos testigos le pasará factura a Israel, no solo al gobierno sionista –racista, colonial y genocida–, sino también como pueblo, que tendrá que enfrentar su propio reflejo en la Historia.