La tiza y el puño

EL 8 DE MARZO SUELE LLENARSE DE PROCLAMAS GENÉRICAS; PERO, PARA QUIENES LLEVAMOS LA EDUCACIÓN PÚBLICA EN EL ADN y la defensa de las trabajadoras y los trabajadores en el compromiso diario, esta fecha no es un símbolo vacío, sino que es un recordatorio de lo urgente.

Escribo estas líneas como maestra, pero también como una mujer que hace 13 años decidió que su lugar de trabajo no terminaba en la puerta del aula. Entendí que era necesario extender la labor pedagógica a la lucha real: a las mesas de negociación, donde se decide nuestro futuro; a las asambleas, donde se fragua la unidad; y a las calles, que son nuestro escenario natural de reivindicación.

 

Romper el techo de cristal en las sedes

Cuando empecé a trabajar como delegada sindical, era plenamente consciente de que la base de la educación es mayoritariamente femenina. Sin embargo, me topé con una paradoja sistémica: las decisiones que se tomaban para nosotras seguían teniendo, en demasiadas ocasiones, voz de hombre. Romper esa barrera no ha sido una cuestión de «pedir permiso» –ese hábito que la sociedad intenta imponernos a las mujeres desde la infancia–, sino un ejercicio consciente de poder y ocupación de espacios.

Ser mujer en el sindicalismo docente implica una batalla constante por desarticular prejuicios sutiles pero paralizantes. He tenido que confrontar la idea de que una mujer es «demasiado emocional» para afrontar una negociación dura, o que somos «demasiado técnicas» para liderar un conflicto colectivo. Estas etiquetas no son más que herramientas de exclusión que intentan alejarnos de la toma de decisiones estratégica.

 

La trayectoria de una resistencia

Voy camino de mi cuarto proceso de elecciones sindicales. Al mirar atrás, no veo simplemente fechas en un calendario, sino tres batallas ganadas a pulso, donde cada avance ha sido un aprendizaje vital.

  • El primer proceso fue el de la valentía: tuve que demostrar que una maestra joven tenía algo relevante que aportar y que su voz no era secundaria.
  • El segundo y el tercero fueron los de la consolidación: entendí que el poder feminista en el sindicato no trata de ocupar sillas, sino de transformar las estructuras internas para que todas las compañeras quepan y se sientan representadas.
  • El cuarto proceso, el que ahora afronto, lo hago con la serenidad de quien sabe que los hitos alcanzados no son medallas personales, sino derechos blindados para todas las trabajadoras de la educación.

No hay consigna que nos defina mejor que la de «ni un paso atrás». Para una mujer, retroceder se malinterpreta a menudo como debilidad o error, como una invitación abierta a que otros vengan a tutelarnos. Por eso, mantenerse firme es un acto de soberanía; es la declaración de quien ya no acepta que nadie le dicte el camino a seguir.

 

La realidad tras la pancarta

Casi 15 años de lucha sindical me han enseñado que el sistema no perdona a la mujer que se sale del guion preestablecido. En este tiempo, he enfrentado la resistencia de es tructuras diseñadas históricamente por y para hombres. He sentido el estigma de quienes cuestionan mi entrega profesional por no encajar en el molde tradicional de la maternidad o por priorizar la lucha colectiva.

Sin embargo, esa mirada ajena no me debilita, sino que reafirma mi propósito. Mi legitimidad nace de la consistencia y de demostrar que el poder femenino no necesita validación externa. Se construye con la verdad de nuestras demandas y la solidez técnica y política de lo que aportamos al sistema educativo.

No estamos aquí para cumplir con una cuota en las listas; estamos aquí porque la educación pública será feminista o no será. Nuestra visión del conflicto laboral es integral: defendemos el salario, por supuesto, pero también el tiempo, la vida y la dignidad de quienes sostienen las aulas.

 

Un mensaje de poder

Este 8 de marzo mi compromiso sigue intacto. A las maestras que me leen y que dudan si dar el paso al frente en el sindicalismo, os digo con convicción: vuestra voz es el motor de este cambio. No necesitamos que nos «den» espacio; el espacio es nuestro por derecho, por capacidad y por el trabajo que realizamos día tras día.

Este año nos enfrentamos a un reto fundamental: las elecciones sindicales. No podemos ser meras espectadoras de este proceso. Las mujeres tenemos que liderar las listas, impulsar los programas electorales y protagonizar cada intervención y negociación. Es el momento de que nuestra visión del mundo y de la enseñanza sea la que guíe la acción sindical. El liderazgo femenino es la herramienta más potente para garantizar una educación pública, laica y verdaderamente igualitaria.

No estamos aquí para acompañar, estamos aquí para dirigir. En estas elecciones, que la tiza se convierta en puño y nuestras propuestas en victoria. Una mujer con una tiza puede enseñar el mundo, pero una mujer organizada es capaz de cambiarlo de raíz.

Porque este año, más que nunca, la vanguardia tiene nombre de mujer y la seguridad de no dar ni un solo paso atrás.

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Aída San Millán

Secretaria general de la Federación de Educación y Servicios Socioeducativos de CCOO de Madrid