Paulo Freire ético, epistemólogo, político y pedagogo

LOS PROPIOS TÍTULOS DE LA OBRA DE FREIRE EVIDENCIAN SUS PREOCUPACIONES Y SEÑAS DE IDENTIDAD COMO EDUCADOR: La educación como práctica de la Libertad (1965), Pedagogía del Oprimido (1968), Política y educación (1985), Pedagogía de la Esperanza (1992), Cartas a quien pretende enseñar (1992), Pedagogía de la Autonomía (1996) o Pedagogía de la Indignación (1997), que estaba escribiendo cuando murió.

 

A mí se me ha malinterpretado, pues se me identifica como pedagogo.
Pero yo te puedo decir que yo soy adjetivamente pedagogo, pero sustantivamente político

– Paulo Freire

 

Me siento muy contento al saber que el tema que se me ha solicitado tenga que ver con el Paulo Freire de siempre: el de antes y el de ahora. El Paulo Freire de la ética, del conocimiento y de la transformación social. Muy a pesar de quienes piensan que hoy en día es un autor de referencia nostálgica de un pasado cargado de ideas revolucionarias, pero que se encuentran francamente superadas. Y que su Pedagogía del Oprimido, responde a otra época que, sin duda, estuvo cargada de grandes ideales, valores, compromisos, etc., pero, dado que hoy el mundo es otro, hay que buscar otro tipo de respuesta. Quienes piensen así, tal vez sean aquellos que consideran que Freire es para ser leído, como un autor más y punto. Pero eso no es así. Paulo Freire es un educador y un intelectual crítico, comprometido con la búsqueda de una vida digna para todas las personas y la lucha por conquistar la liberación de nuestros pueblos. Sin embargo, en los tiempos que corren son pocas las personas comprometidas, pero muy necesarias. Hoy su Pedagogía de la Indignación o su Pedagogía de la Esperanza es la pedagogía del oprimido de antaño, pero con el mismo compromiso de búsqueda de la dignidad humana y de lucha contra el pensamiento neoliberal que nos asfixia.

Me atrevería a afirmar que no solo no ha perdido vigencia, sino que hoy más que nunca nos está moviendo a pensar y a llevar adelante procesos de cambio y transformación que hagan posible la emancipación de nuestra sociedad para lograr un mundo mejor. En contra de aquellas y aquellos que han asumido de forma acrítica y natural la hegemonía de la ética del pensamiento único y de la globalización que depreda nuestro planeta y empobrece a la humanidad, justificando guerras y crímenes en nombre de una paz que nunca llega, generando violencia y terror, mediante sus sofisticados mecanismos ideológicos y tele-comunicativos. No es casualidad la ideologización ultra-neoliberal que proclama la ausencia de alternativas al modelo económico, político, social y cultural imperante, que ha penetrado en la mente de la ciudadanía en todo el mundo, imponiéndolo como condición natural obstaculizando la construcción de una sociedad más culta, solidaria, justa, inclusiva, democrática, equitativa y más humana.

Pero no podemos desesperanzar a las y los esperanzados, sino que, hoy como ayer, debemos despertar el silencio de la opresión en estos momentos tan difíciles para la humanidad con la pandemia que nos azota ocasionada por la Covid-19. Sin embargo, mi pensamiento es que nos encontramos a las puertas de construir otro orden mundial, el problema es saber coger el camino correcto o seguir en el modelo desenfrenado del neoliberalismo (desarrollo económico) o en el de la bondad y generosidad de la humanidad (desarrollo humano). Nuestra praxis[1], es la continuidad de la de Freire por seguir transformando el mundo en la búsqueda de: “una sociedad más abierta, que sirva a los intereses de las siempre desprotegidas y minimizadas clases populares y no solo a los intereses de los ricos, de los afortunados, de los llamados bien nacidos” (Freire, 1999, p.168).

Desde mi admiración personal por Paulo Freire abordo este escrito subrayando qué ha significado y qué significa para mí, como profesional y personalmente. Por lo tanto, lo que voy a escribir no es el Paulo Freire de todos, es mi lectura y mi compromiso personal con sus pensamientos. Y lo voy a hacer desde cuatro puntos de vista: ético, epistemológico, político e ideológico que, a mi juicio, constituyen los ejes esenciales de la educación popular para alcanzar el desarrollo humano deseado, y le da coherencia y armoniza su modelo político-educativo. Sería como decir que voy a hablar de Paulo Freire, desde mis adentros, como ejemplo de pensamiento y compromiso ético, como epistemólogo dialéctico, como político e ideólogo, y como pedagogo. Estos cuatro Freires están unidos y atravesados por su coherencia y congruencia como intelectual crítico comprometido con su tiempo histórico, social, político y cultural, como aspectos concatenados que le dan unidad a su teoría antropológica. Paulo Freire fue un hombre absolutamente coherente y congruente con su pensamiento y su acción, propio de un educador, que optó por caminar junto con hombres y mujeres que sufrían opresión, “los desharrapados y condenados de la tierra” (1969, p. 26), porque el verdadero compromiso no puede vivir al margen del corazón y de los sentimientos. Razón y emoción abrazados en un acto de denuncia, de análisis y propuesta, pero sobre todo de esperanza, se dan en Paulo Freire como pedagogo universal. Como muy bien nos recuerda Ana María Araujo, su viuda: “Es prácticamente imposible separar al hombre del intelectual debido a los sentimientos de Paulo, porque la razón en él fue una razón amorosa, y los sentimientos el medio más eficiente que encontró para llegar al pensamiento crítico” (Núñez Hurtado, 2001, p. 38).

 

Freire como ejemplo de compromiso ético

Para él no puede haber educación si no hay compromiso ético. Pero la ética en educación no se puede resumir en una asignatura sobre los valores, sino que es algo que se ha de vivir. La preocupación de nuestras acciones sobre otras personas es nuestro compromiso ético y no debemos hacer algo que repercuta negativamente sobre ellas. Y la ética no puede convertirse en una clase donde se enseñan valores. Los valores no se enseñan, se viven. Se practican. Ese es el valor moral de los valores, su puesta en práctica. Paulo Freire ha sido el maestro por excelencia de este principio. Vivía comprometido por lograr “un mundo menos feo, menos malvado y menos deshumano”. Preocupado por concienciar a la gente, pero sin violentar las conciencias de los demás.

Por tanto, cuando hablo de lo ético en Paulo Freire no me refiero a cómo se ha de enseñar la libertad, la solidaridad, la tolerancia, la justicia, etc., sino a la incorporación de un enfoque ético en el centro de nuestras vidas. La opción de Paulo Freire es la ética de la vida que le diferencia de la ética de mercado. Me refiero, a ese compromiso por luchar por un mundo mejor (concientización) donde no haya lugar a la miseria, ni a las injusticias, ni a la marginación. La cuestión es si con el pensamiento neoliberal que nos azota ese mundo mejor se puede conseguir, como afirman sus defensores, o, al contrario, se ha acrecentado la miseria, la intolerancia, el racismo, la xenofobia, la exclusión. ¿Cómo es posible que 225 personas tengan el 47% de la riqueza del mundo? Y esto lo leemos como frías y simples estadísticas cuando tendríamos que hacer un esfuerzo por humanizar esos datos y de este modo cultivar nuestra sensibilidad para que nos ayude a renovar nuestro compromiso ético.

Vemos a diario muertes y más muertes por la Covid-19 y nada nos conmueve. Refugiadas, refugiados, personas desplazadas a la fuerza, apátridas, migrantes; niñas y niños obligados a huir de sus hogares, con alto riesgo de abuso y trata, sin protección por las y los responsables de esta barbarie. Vivimos en una crisis de solidaridad y de responsabilidad. Se han vuelto normal la violencia, la mentira, el abuso, la calumnia, la violación de los derechos humanos. Y ante ello nos dice Paulo Freire: no es la resignación en la que nos afirmamos, sino en la rebeldía frente a la injusticia”. Por eso en su libro de Política y educación nos recuerda: “Hablamos de ética y de postura sustantivamente democrática, porque al no ser neutra, la práctica educativa, la formación humana, implica opciones, rupturas, decisiones. Estar y ponerse en contra, a favor de un sueño y contra otro, a favor de alguien y contra alguien. Y es precisamente ese imperativo el que exige la eticidad del educador y su necesaria militancia democrática y le impone la vigilancia permanente, en el sentido de la coherencia entre el discurso y la práctica” (Freire, 1970, p. 86).

Es por ello, que el posicionamiento ético de Paulo Freire nos ilumina a replantear nuestro compromiso de siempre, pero según los signos del actual contexto mundial. En la educación popular, la ética es un componente que atraviesa de manera permanente y jerárquica pensamiento y acción. La ética no cambia –nos dirá–, lo que cambia es nuestra comprensión moral frente a los nuevos desafíos y fenómenos. Y, en consecuencia, cambia nuestra interpretación de los hechos y la búsqueda de alternativas que se correspondan con estas nuevas realidades. Pero para Paulo Freire la postura ética es una “opción inclaudicable” (Núñez Hurtado, p. 13), porque define nuestra posición en el mundo.

Efectivamente no se puede enseñar ética y valores al margen de un compromiso y un comportamiento sociohistórico y cultural concreto. Si la ética es eso que conocemos como lo bueno… hay otra ética que se nos impone desde el pensamiento neoliberal que va en contra de eso que denominamos como bueno. Frente a esa ética hegemónica neoliberal, las educadoras y educadores tenemos que hacer práctica de la ética crítica que va en contra de aquella, siendo coherentes entre nuestro pensamiento y nuestra acción y no nos podemos escudar en las expresiones de siempre: de que esto es muy difícil, sino que hemos de luchar porque, aun siendo difícil, es necesario. Porque si no es así lo que ocurre es que nos instalamos en la cultura de la normalidad[2] de que las cosas son así y no podemos hacer nada contra ese pensamiento neoliberal. Tenemos que desinstalarnos de esa cómoda normalidad para derrotar esa cultura inmovilista. Hemos de luchar contra ese mundo perverso, porque si no lo hacemos, los perversos seremos nosotras y nosotros. O inmorales o cínicos. Se puede decir que este es un pensamiento radical y que hoy hay que ser más tolerante. Pues sí, soy radical, nada dogmático, pero radical porque me gusta buscar la raíz de los asuntos, pero no porque me considere en posición de la verdad. Ni la tengo, ni la pretendo. Sin embargo, el tolerante no puede renunciar a su sueño de un mundo mejor. La tolerancia es la sabiduría de convivir con el diferente para pelear con el antagónico (Freire, 1993). La tolerancia es una virtud revolucionaria y no liberal conservadora. Así que ¡no me hablen de tolerancia quienes son intolerantes!

El reto educativo es enorme y nos exige a las y a los docentes esfuerzo y compromiso en los procesos de enseñanza y aprendizaje para que estos no se limiten a un mero proceso de transmisión de información, sino que se conviertan en un auténtico proceso de comunicación que promueva el desarrollo del ser humano. Freire nos orienta a que nos cuestionemos si en nuestra tarea docente educamos para la domesticación o para la liberación. Un educador o una educadora, todavía más que un ciudadano o una ciudadana, no puede renunciar nunca al sueño y al compromiso ético que les compromete. Por tanto, la ética debe guiarnos en nuestra labor educativa; sin embargo, la moral, que es siempre expresión histórica y contextual de la ética, es la que se mueve y se adapta en la medida en que se producen cambios en el mundo. Para Paulo Freire, la ética es una opción inamovible que guía sus acciones. Es la ética de la vida que nos conduce a un permanente compromiso con la transformación social. La ética define nuestra posición en el mundo. Este componente ético es uno de los pilares esenciales de la educación popular. Las personas nos educamos para pensar, dialogar, sentir y actuar conforme a nuestra propia conciencia y a nuestros propios intereses. Los principios éticos son valores esenciales como la justicia, la libertad, la solidaridad, la honestidad, etc., y solo tienen sentido cuando se materializan en relación con la cultura de un contexto específico y en una época histórica determinada; es decir, en la práctica (moral). Hoy como ayer “solo a través de una política revolucionaria de solidaridad se pueden promulgar los principios de la pedagogía crítica, si queremos afirmar y nutrir sólidamente un movimiento educativo emancipatorio” (Darder, 2020, p. 93).

En correspondencia con lo anterior, el pensamiento de Paulo Freire sostiene que la acción cultural para la libertad debe sustentarse desde una opción ética y política, ejes transversales de un proceso educativo de educación popular. En consecuencia, él asume una pedagogía y una epistemología acorde con sus principios y valores éticos y políticos.

Freire como epistemólogo dialéctico

Como consecuencia lógica de su visión ética, Paulo Freire construye su planteamiento epistemológico acorde con sus principios y valores. Si de lo que se trata es de formar sujetos libres mediante la educación, nunca el conocimiento puede ser entendido y usado como un instrumento de dominación y/o enajenación. El conocimiento en Freire es considerado como lucha y no como acto instrumental. Por eso Paulo Freire continuamente se pregunta ¿qué es conocer? ¿en qué consiste el conocimiento? ¿cómo se conoce? ¿a favor de quién y en contra de quién se conoce? Estas, y otras cuestiones, recorren toda la obra de Freire de manera dialéctica constituyendo la pedagogía el conocimiento. Su pensamiento epistemológico es una actitud crítica ante todo, él es una persona que se lo cuestiona todo, que duda y que investiga. Somos seres inacabados y estamos siempre en proceso de búsqueda y construcción (somos seres de transformación y no de adaptación). De ahí que desarrolle una severa crítica a la concepción epistemológica positivista tradicional, aquella que convierte al educando en mero objeto de transmisión pasiva del conocimiento preelaborado que, muchas veces, es ajeno a su sensibilidad e intereses (1970). Esto es lo que se hace cotidianamente en la educación. Y así hemos sido educados, excepto honrosas excepciones. Somos como cerebros-alcancías donde se nos depositan los conocimientos de manera acrítica, dirá más de una vez.

Esta analogía es muy clarificadora de lo que suele ocurrir hoy en día en el acto educativo de nuestras escuelas, donde las niñas y los niños se convierten en simples objetos del conocimiento que el profesorado (quien tiene el conocimiento) deposita de manera pasiva –y en algunas ocasiones también de manera autoritaria– en las mentes de aquellos y aquellas. Y eso que reciben ya fue seleccionado por la autoridad del poder. Y la forma de validar su autoridad es a través de un control/examen. En este sentido, si no se repite fielmente todo lo que dijo el profesor o profesora, se suspende. Esta es la concepción bancaria que ya nos decía Freire en su obra Pedagogía del Oprimido: “el conocimiento es una donación de aquellos que se juzgan sabios a los que juzgan ignorantes” (1970, p.52). Más tarde repetirá esta misma idea en su obra Extensión o comunicación, cuando subraya que “el conocer no es el acto a través del cual un sujeto transformado en objeto recibe dócil y pasivamente los contenidos que el otro le da o le impone”. El extensionista piensa que el conocimiento se transmite y no es necesaria la confrontación con el mundo circundante. El mundo es la fuente verdadera del conocimiento –subrayará–, pero el mundo está fuera del aula, aunque esta sea parte del mundo. El conocimiento tiene un carácter dialéctico: “el ser humano conoce a través de un proceso que no termina en el objeto cognoscible, ya que se comunica a otros sujetos igualmente cognoscentes. Conocimiento es, pues, proceso que resulta de la praxis permanente de los seres humanos sobre la realidad” (Freire, 1973, p. 98).

De esa relación dialéctica entre “el sujeto”, “el medio” y “la historia”, se produce conocimiento, que por su naturaleza es una construcción social y que debe ser socializado. Pero ese sujeto posee una ética y una determinada opción política, de modo que ese conocimiento se construye atravesados por la ética y por la política. Pero, además, ese conocimiento, al ser un producto social, ha de ser compartido y es, por tanto, enriquecedor y desafiante. El conocimiento se construye a partir de otro conocimiento que le precedía y que, al cambiar la realidad, se produce un nuevo conocimiento que supera o difiere del anterior. El conocimiento es un proceso dinámico y dialéctico. No creo que haya conocimiento humano que no haya salido de otro conocimiento humano y este de otro, pero que al existir hoy y cubrir las necesidades actuales supera al anterior, lo modifica o lo reorganiza. Es decir, no hay un conocimiento estático, definido, último, etc., lo que sí existe es un proceso de conocer. Lo contrario sería un dogma. El conocimiento es una actividad que se genera de manera solidaria y cooperativa. Más allá de la propuesta intelectual, imaginativa, sistematizadora, reflexiva y de abstracción que tenga una autora o un autor, los conocimientos y las propuestas teóricas que aquellos hagan son constructos históricos y sociales. Paulo Freire no separa su visión epistemológica de la pedagógica, como tampoco lo hace de su visión ética, por eso suele afirmar “que no es posible dicotomizar el acto de conocer el conocimiento hoy existente del acto de crear el nuevo conocimiento, ni la teoría de la práctica, ni el enseñar del aprender, ni el educar del educarse. Como vemos, el enfoque epistemológico de Freire es dialéctico, complejo, procesual, holístico, contextual, histórico y dinámico. Es una llamada permanente a superar la visión fragmentada que tiene el positivismo.

Para nosotros en el Proyecto Roma[3], la función del material de aprendizaje ha cambiado, ya no pueden ser narraciones relacionadas con los contenidos de la materia o colecciones de ejercicios o problemas típicos de matemáticas o de otras ciencias, sino que las actividades de aprendizaje deben apoyarse en materiales nuevos y con funciones diferentes. Es decir, han dejado de ser portadores de la información y se convierten en generadores de actividades de reflexión y de acción. O sea, los materiales de aprendizaje van dirigidos a un mayor desarrollo cognitivo y cultural por medio de la educación. No se puede confundir el conocimiento con la acumulación de información. Lo que deseamos decir es que ahora el material de aprendizaje debe ayudar a propiciar el proceso de concienciación (reflexión, comunicación, normas, valores, afectos, compromiso con la acción), mientras que antes se limitaba a proporcionar contenidos informativos o píldoras de información. Hay que enseñar a pensar para actuar correctamente a través de los sistemas de comunicación y de las normas y valores. Es en este proceso de aprendizaje donde podemos construir las condiciones para la emergencia de subjetividades democráticas. La enseñanza ya no se basa en la entrega de información al individuo, sino que se dedica a construir el potencial de aprendizaje que aún no existe (López Melero, 2018). En el Proyecto Roma pensamos que el conocimiento es construido en contextos históricos que a su vez dan vida y significado a la experiencia croncreta. Es decir, construido y producido en un momento histórico particular y bajo condiciones sociales y materiales particulares. Y las y los docentes del Proyecto Roma debemos propiciar ocasiones al alumnado para que descubran que “no existe una realidad histórica que no sea humana” (Freire, 1970, p.125).

Y la verdad es que así somos los seres humanos. Somos seres individuales pero cargados de experiencias personales, familiares, colectivas, contextuales. Somos seres que vivimos históricamente en un contexto objetivo, pero que lo vivimos cargados de nuestra subjetividad y sensibilidad, de nuestras creencias, desde nuestra ideología, desde nuestra estética, desde nuestra espiritualidad, desde nuestra ética y desde nuestro compromiso político. El ser humano es un ser social en un determinado contexto histórico. Y en educación somos educador y educando. Sujeto y objeto. Y todo ello se debe reflejar en el currículo escolar como una co-creación entre docente y discente, y donde sus historias personales y colectivas deben figurar, porque el currículo para pobres es muy diferente del para ricos. El currículo debe generar o propiciar una estructura mental de concienciación crítica para superar las desigualdades sociales. Entendiendo por conciencia crítica una concepción dialéctica de las subjetividades con el medio ambiente y social en el que nos desenvolvemos. Es despojarnos del yoismo por un nosotros común. Tomar conciencia de esto es la base para construir un currículo alternativo. Solo contemplando el punto de vista de los discriminados se puede comprender el sentido inclusivo del currículo escolar.

En síntesis, su visión dialéctica del conocimiento nos hace pensar que su epistemología es holística, integral, comprometida social, ética y políticamente. Es una concepción epistemológica de carácter dialéctico que pasa de la acción a la reflexión y de la reflexión de la acción a una nueva acción, cuestionando el paradigma positivista. Podemos afirmar que desarrolla una propuesta metodológica, pedagógica y didáctica basada en la participación, en el diálogo, en la inclusión y el reconocimiento de distintos saberes. En un plano más práctico, la preocupación acerca de qué conocer está asociada directamente con los contenidos y las metodologías (qué conocer y cómo conocer). Dichas preocupaciones, a su vez, están subordinadas a otras preguntas más fundamentales como: para qué conocer, a favor de quién y para quién conocer; es decir a los propósitos de dicha práctica educativa. Responderlas, nos conduce a otra idea central del Freire de que toda actividad educativa es intencional, por tanto, política. Una opción ético-política emancipadora, al identificarse con la construcción de una sociedad en la cual se superarían las injusticias e inequidades actuales, proyecto que se identificaba con el socialismo. Y ante todo constituye una opción ética y política revolucionaria como ontología producida desde las personas oprimidas y excluidas, y en función de su propia emancipación genera acciones culturales.

 

Freire como político e ideólogo

Cuando Freire habla de lo ético no lo puede entender sino como un acto político. De la misma manera que cuando habla de educación. Entendido aquel en su expresión más noble y no como perteneciente a un determinado partido. Por eso, define la educación como “un acto político”. Concretamente, afirma que toda educación, además de un acto pedagógico, es un acto político, pero no porque quiera hacer política educativa de izquierdas, sino que afirma que todo hecho educativo, inevitablemente tiene –consciente o inconscientemente– un fondo y una opción política. Pero la verdad es que no puede ser de otra manera por eso se preguntará “¿qué clase de educador sería si no me sintiera movido por un impulso que me hace buscar, sin mentir, argumentos convincentes en defensa de los sueños por los que lucho?” (Freire, 1970, p. 43). En esta pregunta –o afirmación– Freire tiene muy claro que no se puede tener unos principios y mantenerse al margen de las injusticias, desigualdades y discriminaciones diarias. En más de una ocasión afirmará que a él se le ha identificado como pedagogo, pero que él es “adjetivamente pedagogo, pero sustantivamente político”. Por eso subrayaba: “mi punto de vista es el de los condenados de la tierra”. De ahí que siempre se colocase en contra de los que dicen que no tienen visión política, porque no hay acción humana desprovista de intencionalidad, de caminos de búsqueda, porque no hay ningún ser humano ahistórico y apolítico. Así las cosas, si no optamos a favor de algo, optamos en consecuencia en contra de ese algo. En fin, no se trata de politizar la ciencia en el sentido vulgar del término, ni mucho menos de tomar partido en nuestra opción como educadores. De lo que se trata es de que cada cual ha de asumir con plena conciencia el mundo que nos ha tocado vivir y de optar en consecuencia: o a favor de la humanización o a favor de la barbarie.

Y nos advierte que: “la educación es así, porque sería una actitud ingenua pensar que las clases dominantes van a desarrollar una forma de educación que permita a las clases dominadas percibir las injusticias sociales en forma crítica” (1970, p.44). Es ingenuo pensar esto porque sería atentar contra sus propios intereses. Es ingenuo pensar que los cambios económicos, políticos y sociales nos van a venir dados por las clases dominantes. Los cambios los tenemos que hacer nosotras y nosotros, esa es nuestra responsabilidad como ciudadanía y como docentes. No importa que nuestra aportación sea modesta, es una actitud de ser conscientes de que hemos de estar siempre en una actitud de cambio y transformación permanente (convertir las dificultades en posibilidades). Lo que implica tener muy claro a favor de qué o de quién educo y, por tanto, en contra de qué o de quién educo. Es un problema de opción.

Esta es, desde mi perspectiva, la esencia del pensamiento de Paulo Freire. Si la asumimos, asimismo, también debemos asumir sus consecuencias: una postura sustancialmente democrática, con una opción muy clara, rupturas, decisiones, rechazo a la neutralidad de la ciencia, tarea educativa comprometida social e históricamente. Y es desde este imperativo que se requiere la ética del educador o educadora, su necesaria militancia democrática y la permanente vigilancia crítica y autocrítica de la coherencia entre el pensar y el actuar. Como él mismo diría en muchas ocasiones: “mi cualidad más sobresaliente es ser coherente, aunque reconozco que es muy difícil serlo siempre, pero nada me impide mi lucha por intentar serlo día a día” (Freire, 1994, p. 9).

Por todo lo anteriormente expresado quiero decir que solo seremos libres si tenemos las ideas claras para generar una opción. Eso es lo que yo he hecho durante toda mi vida y he pretendido decir en este escrito: una opción política y educativa. Opción política y educativa es tomar una postura frente a la realidad social; es no quedar indiferente ante la justicia atropellada; es no permanecer indiferente ante la libertad conculcada o ante los derechos humanos violados; es luchar contra la injusticia de la trabajadora o el trabajador explotado; es denunciar permanentemente la desigualdad entre hombres y mujeres, la intolerancia política, religiosa, étnica o de capacidades diferentes. En fin, tomar partido por la justicia, por la libertad, por la democracia, por la ética y por el bien común es opción política y es hacer política. Opción política y educativa es luchar por la cultura de la diversidad frente a la cultura de la discriminación y esta es mi posición, basada en un sistema de creencias y valores que han trazado el camino para la acción durante mi vida como docente-investigador. En fin, la cultura de la diversidad ha sido y es mi compromiso político y educativo.

Compromiso político y educativo que nace, precisamente, de esta aspiración mía y de este deseo de cooperar en la construcción de un nuevo modelo educativo que rompa con el principio neoliberal por excelencia del homo sapiens y nos traslade al homo amans, como verdadero objetivo de una escuela democrática que se compromete en defender los Derechos Humanos (1948) y los Derechos de la Infancia (1989), y la legitimidad de cada cual en su diferencia para construir una sociedad más librepensadora, más cooperativa, más justa, más democrática y más humana. Que es tanto como decir, recordando a Freire (1990), que es necesaria una educación como práctica de la libertad: “una educación para la decisión, la responsabilidad social y política” (Freire,1969, p. 83).

 

Freire como pedagogo universal

Y la pregunta ahora sería ¿cómo se lleva a las aulas todo lo anteriormente expresado? Paulo Freire no nos ofrece ninguna receta para educar a excepción de su método inicial (ideogenomatesis o el lenguaje total). Él nos habla de lo ético, de lo epistemológico, de lo político, etc., y debemos ser nosotros y nosotras en la práctica quienes sinteticemos todo ese pensamiento según las circunstancias de cada cual. Solo nos dirá: “nadie educa a nadie, pero todos nos educamos juntos” (Freire, 1994, p. 61). A veces esta frase ha sido mal interpretada, porque aquellos que no comparten el pensamiento freireniano la aprovechan para decir que Freire afirma que no es necesario el educador. Y eso no es cierto. Para que haya educación, debe haber un educador que educa, y un educando que es educado, afirmará en más de una ocasión. La cuestión no es esa, sino que el educador puede proponer qué conocer, pero el educando también puede y debe proponer aquello que considere importante para su formación. La verdad no la tiene el educador, ni tampoco reside en el educando. A lo mejor no existe la verdad, sino solo el camino de buscar la verdad. En realidad, somos buscadores de verdad durante toda nuestra vida. La educación siempre implica una determinada teoría del conocimiento puesta en práctica como hemos expresado anteriormente. La educación en Freire es transformación en la convivencia, porque «la conciencia, no se transforma a través de cursos y discursos, o de sermones elocuentes, sino por la acción de los seres humanos sobre el mundo (…) Supone conjunción entre teoría y práctica en la que ambas se van constituyendo, haciéndose en un movimiento permanente de la práctica a la teoría y de esta a una nueva práctica» (Freire, 1990, p. 178).

En Freire la educación hay que entenderla como un hecho democrático y democratizador, en el aula y más allá del aula. La educación es un acto creativo y político. Precisamente si la democracia viene determinada por los valores de la libertad y de la igualdad/equidad, solo en libertad y en igualdad/equidad se puede dar la acción educativa. Lo contrario sería autoritarismo. La clave radica en la actitud democrática del educador o educadora, que educa mediante el diálogo y la participación. El diálogo como centro del proceso pedagógico. Esta pedagogía del diálogo es aquella que es capaz de enseñar y aprender. Que sabe hablar porque sabe escuchar (aprendizaje dialógico). Que puede ofrecer su conocimiento, porque está abierta al conocimiento de los demás. Que puede producir la síntesis entre el acto de enseñar y el acto de aprender en esta visión de doble vía educador-educando y educando-educador. De este modo el educador o educadora ya no es solo quien educa, sino aquel o aquella que cuando educa es educado a través del diálogo con el educando. En este sentido el educador o la educadora es un aprendiz permanente. Así, ambos se transforman en sujetos del proceso en que crecen juntos, y del cual los argumentos de la autoridad ya no rigen. Esto requiere que las y los docentes enseñen de manera competente y reflexiva, al mismo tiempo que creen oportunidades para que los niños y las niñas participen de manera crítica en la construcción del conocimiento, con miras a la reinvención futura de un mundo más justo, más democrático y humano. Pero para esto la educación debe dejar de entenderse en términos de memorización y alienación, y ser considerada desde la praxis. Porque, como argumentó Freire (1970) en su día, la verdadera praxis aislada, convierte a la teoría en pura abstracción o simple verbalismo, y separada de la teoría, la práctica se convierte en un activismo sin sentido. La educación en Freire es la ciencia de la esperanza en el sentido de imaginarse utopías realizables. Pero la esperanza necesita de la acción para no quedar en un simple deseo, la esperanza necesita compromiso y hechos para convertirse en realidad. Por tanto, “la educación ya no será vía posible para el desarrollo, sino para la liberación, para la transformación efectiva de las condiciones sociales y políticas; esto incluye la revolución y subversión del poder impuesto” (1970, p.52).

Por ello, deseo expresar que el modelo educativo para la construcción de la democracia deliberativa en la escuela pública es el mejor revulsivo contra la educación individual e individualista, competitiva e insolidaria del pensamiento neoliberal ultraconservador que nos ha llevado a la patógena situación de la Covid-19 y, a la vez, nos abre la esperanza para la construcción de un proyecto compartido de sociedad y de humanización nueva, donde la cooperación, la solidaridad, el respeto y el pensamiento crítico sean los pilares donde se sustente la cultura de la diversidad y la transformación social. Solo la acción colectiva puede salvar a nuestro planeta. Es decir, vivir como seres amorosos y cooperativos, con conciencia de nosotros mismos y con conciencia social, respetándonos a nosotros mismos y a los demás. Necesitamos esa educación que nos haga recuperar lo que de humano hayamos perdido. Una educación que nos lleve a actuar en la conservación de la naturaleza, a entenderla para vivir con ella y en ella sin pretender explotarla, una educación que nos permita vivir en la responsabilidad individual y social que aleja el abuso y trae consigo la cooperación en la creación de un proyecto común.

Por tanto, otra educación no solo es posible sino necesaria para cambiar el mundo, porque “la educación por sí misma no cambia al mundo, cambia a las personas que lo cambiarán” (Freire). De ahí que sea imprescindible un cambio cultural que nos permita una educación crítica. La ausencia de un pensamiento crítico ha producido en la ciudadanía una gran pobreza de pensamiento y un vacío intelectual (¡Hemos perdido hasta el sentido común!). Con este vacío intelectual juega el neoliberalismo atiborrando de información y más información las mentes huecas e irreflexivas, dislocando nuestras neuronas o entrenándonos como máquinas destinadas a producir. No hay peor corrupción que la de la mente. Es necesario construir una visión utópica de la realidad, como aspiración y deseo de un mundo mejor, en contra del pragmatismo superrealista neoliberal, porque «solo quienes sean capaces de encarnar la utopía serán aptos para el combate decisivo, el de recuperar cuanto de humanidad hayamos perdido» (Sabato,1999, p.188). Los tiempos de hablar han pasado y hemos de dar paso a la acción. Sin embargo, esta acción tiene que ser muy bien pensada. La pedagogía crítica trata de formar a las personas para que se liberen de las circunstancias que las esclavizan. Para ello es necesario una revolución cultural. Alterando la cultura se altera la mentalidad y la visión política de las personas. Hay que buscar la emancipación a través de la cultura.

Vivimos en un mundo deshumanizado. Vivimos en una sociedad cuyos valores son el individualismo, la competitividad, la intolerancia y la insolidaridad. Vivimos en un mundo de injusticia globalizada. El mundo está enfermo, pero no es una enfermedad cualquiera la que padece, sino la ausencia de amor. Entendiendo por amor el respeto al otro y a la otra como legítimo otro u otra en su diferencia. Por todo ello, se hace necesaria una nueva educación, donde la diferencia sea considerado un valor y no un defecto ni una lacra social. El respeto es la norma de convivencia más universal de la humanidad.

Frente a un mundo deshumanizado cultural, política y económicamente, individualista y competitivo emerge la pedagogía crítica como la pedagogía de la liberación, de la esperanza, de la utopía y del amor, y sobre todo, de la lucha y la resistencia, de la NO resignación. Necesitamos un cambio cultural que haga posible una sociedad más culta, más dialogante, más cooperativa, más solidaria, más justa, más libre y humana. Necesitamos una nueva educación desde la mirada de un “nos-otros” común. Necesitamos una pedagogía crítica y liberadora que nos devuelva lo que de humano ha perdido la humanidad. Este es nuestro compromiso moral. Esta es nuestra obligación como docentes. Entre todas y todos podemos construirlo.

 

Algunas referencias bibliográficas

Darder, A. (2020). Pedagogía Crítica. En: Espinoza Lolas, R., y Angulo Rasco, J. F.: Conceptos para disolver la educación capitalista. Pp. 81-95. Barcelona: TerraIgnota.

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López Melero, M. (2018): Fundamentos y prácticas inclusivas en el Proyecto Roma. Madrid: Morata.

Núñez Hurtado, C. (2001). Educar para construir un sueño. Ética y conocimiento en la transformación social. Ediciones ITESO. Guadalajara. Jalisco. (México).

Sábato, E. (1999). Antes del fin. Buenos Aires: Seix Barral.


[1] Praxis para Marx es la forma que tiene el ser humano de relacionarse con la naturaleza y con los otros seres humanos, para conservar o transformar el medio al que se enfrenta según sus propias peculiaridades y necesidades en el marco de una organización social concreta. Para Freire, la praxis es la reflexión y la acción de las personas en el mundo para transformarlo.

[2] Deberíamos tener claro cuando hablamos de normalidad, de qué normalidad: hablamos de la de antes de la pandemia o de la nueva normalidad, después de la pandemia. Porque a veces se habla de volver a la normalidad anterior de la pandemia que era la de las guerras, del individualismo y del egoísmo neoliberal, de las mujeres asesinadas por violencia de género, del abuso sexual de la infancia, de la deshumanización, etc. Esa no puede ser. La nueva normalidad debe ser la de la generosidad, la de la cooperación, la del amor y la búsqueda de un nos-otros común.

[3] El Proyecto Roma, como experiencia de educación en valores, es un modelo de desarrollo humano y surge con una doble finalidad: por un lado, pretendemos aportar ideas y reflexiones sobre la construcción de una nueva teoría de la inteligencia, a través del desarrollo de procesos cognitivos y meta-cognitivos, lingüísticos, afectivos y de movimiento (autonomía física, personal, social y moral) en el ser humano y, por otro, como modelo educativo, su finalidad básica y fundamental se centra en mejorar los contextos familiares, escolares y sociales, desde el respeto a las diferencias humanas como valor y derecho, desde la construcción del conocimiento de manera social, el trabajo cooperativo y solidario, y la construcción de la democracia en las aulas.

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Miguel López Melero

Universidad de Málaga