Mujeres y educación privada y privada concertada

No hace falta investigar mucho para darse cuenta de que el sector de la educación está fuertemente feminizado. Nuestra profesión es una de las más abordadas por las mujeres que tradicionalmente han visto en la educación un camino para incorporarse al mundo laboral.

Si bien es cierto que, históricamente esta profesión ha estado en manos masculinas, en las últimas décadas del pasado siglo se produjo un cambio radical, con la masiva incorporación de docentes y trabajadoras femeninas en esta rama del mundo laboral, que han convertido los centros educativos en un ámbito laboral casi exclusivamente femenino.

Pero dentro de los centros educativos,  la distribución de puestos, plazas y responsabilidades no es, ni mucho menos, equilibrada, equitativa o igualitaria. La distribución de los hombres y las mujeres como docentes en los centros es muy desigual si tenemos en cuenta, por ejemplo la distribución por etapas educativas. Abrumadoramente mayoritarias en las etapas de educación infantil y primaria, donde la enseñanza parece que se asocia a un mayor carácter afectivo y/o sentimental, es decir más “maternal”, la presencia masculina va incrementándose a medida que se avanza en la edad de los alumnos y alumnas. Resulta muy significativo, ya no la ausencia de mujeres en las etapas superiores, donde abundan los docentes masculinos, sino la ausencia de estos últimos en las etapas más tempranas, en las que, como ya se ha dicho, la presencia de mujeres es mayoritaria. También resulta llamativa la ausencia de mujeres docentes en Formación Profesional, salvo en aquellos módulos relacionados con el mundo “más femenino”, como los relacionados con la estética, administración y finanzas o la salud. 

Centrándonos en la red educativa privada y privada-concertada, esta división y reparto tan particular se agudiza y mucho. El carácter claramente tradicional de la mayoría de las patronales que regentan escuelas privadas y privadas concertadas, que suelen estar en manos de congregaciones religiosas no favorecen, claramente, un punto de vista igualitario, y mucho menos feminista, sobre el reparto y distribución de los puestos de trabajo.

Normalmente, ser hombre representa un hándicap para ser contratado como docente en un centro escolar religioso en las etapas infantil (sobre todo) y primaria, donde se prefiere un perfil más “amable” y “maternal”, sobre todo por la preocupación, no compartida por este sindicato, obviamente,  que una imagen masculina podría suscitar entre las familias que matriculan alumnado en Educación Infantil, que, no olvidemos, no dejan de ser clientes, y cuya satisfacción es muy importante. Esta visión conservadora se agrava incluso, con una ausencia casi total de docentes masculinos en infantil, si el centro educativo es de religiosas, siempre mucho más preocupadas por ofrecer una imagen más acorde con lo que se espera de ellas que los religiosos, más empoderados y libres en ese aspecto. 

Si el reparto entre hombres y mujeres en la docencia es, digamos, característico en esta tipología de centros, el del reparto de responsabilidades hay que reconocer que no lo es tanto. La preponderancia numérica abrumadora de mujeres respecto a los hombres ha hecho que, paulatinamente, la asunción y adjudicación de responsabilidades a las mujeres, en forma de cargos pedagógicos, organizativos o directivos se haya producido de manera indistinta entre mujeres y hombres, siendo, a día de hoy, muy habitual que los cargos de confianza, directivos y organizativos de un centro privado, religioso o no, esté mayoritariamente ocupado por mujeres, frente a una relativa poca abundancia de hombres, fiel reflejo del desigual reparto general entre mujeres y hombres en este sector.

A pesar de todo ello, mucho podríamos decir sobre el trato personal que tanto religiosos como religiosas ofrecen a trabajadores y trabajadoras, que es muy desigual. Volviendo a la mencionada ideología  tradicional que caracteriza a estas patronales, asuntos como modos, comportamiento, formas de peinarse o de vestir suelen ser objeto de comentarios, normas no escritas, e incluso advertencias  que tienen como objetivo, sobre todo a las mujeres, bien sean trabajadoras del centro, o bien sean alumnas, estando, en la mayoría de los casos, libres los hombres de medidas de este tipo.

Mucho camino por recorrer en este mundo pues, tan caracterizado por unos usos unas costumbres y una moral muy tradicional, poco abierta a los cambios y a las modernidades en el tema de los usos y costumbres de mujeres y hombres. Aun así, es notorio que el empoderamiento de las trabajadoras, también en los centros religiosos, es innegable, y el peso de la propia modernidad y del cambio de mentalidad de la sociedad en general también irá mellando los usos y costumbres más tradicionales, menos igualitarios y más discriminatorios respecto a las mujeres.

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Julen Llanos

Responsable de Educación Privada de CCOO Irakaskuntza


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