La libertad siempre vence

NO RECUERDO LA PRIMERA VEZ QUE ESCUCHÉ HABLAR A MI ABUELA DE SU PADRE. Pero sí ha estado presente siempre como una especie de huella imborrable a pesar de que mi abuela no hubiese escuchado ni su voz. Lo fusilaron cuando ella tenía apenas unos meses de vida, dejando a mi bisabuela –de quien heredé el nombre y, según mi madre, la fuerza– viuda con dos niños pequeños a su cargo.

Mi bisabuela se llamaba Isabel y siempre vestía de negro. Quizás esa sea la razón por la que mi madre no me dejó comprar nunca ropa negra. Creo que lo primero que tuve fue una camiseta con 15 años para participar en el coro de mi pueblo. El negro nunca ha gustado a las mujeres de mi familia. Cuando murió mi abuelo, un gran hombre culto que nunca tuvo el privilegio de estudiar y que se empeñó en que sus dos hijas lo hicieran en una época en la que a ninguna mujer se le daba la posibilidad, mi abuela aguantó vestida de luto muy poco tiempo. No soportaba el negro. Decía que ya tuvo una infancia pintada de ese color. Una niña vestida de negro para recordar a su padre, del que no tiene recuerdos ni escuchó su voz.

En mi casa nunca se habló de política. El miedo es algo que se pega a las paredes como el salitre y que hace que el silencio se haga cada vez más espeso. He tenido el privilegio de que mi abuela viera en mí un espacio para la confesión y que me contara episodios familiares que ni mi madre conocía. Mientras hacía crochet, partía nueces en el patio, cortaba el filito de las habichuelas o subía bajos de un pantalón, me contaba una y otra vez las mismas historias acabando con un “vas a tener que escribir un libro con todo lo que te cuento”.

Mi abuela, llamada Milagros, quería que su nieta escribiera un libro aun sabiendo que nunca lo iba a leer. Apenas sabe escribir su nombre. Ahora tiene 89 años y los recuerdos se llevan difuminando durante demasiado tiempo. No recuerda qué ha comido, pero sí que su nieta ha escrito un libro. Varias veces he bajado las escaleras y la he visto con el libro en la mano. No sabe qué contiene, pero le recuerdo, cada vez que me pregunta, que tiene una dedicación para ella: “A mi abuela, por derribar los muros de silencio y enseñarme que hasta en las ruinas crecen las amapolas”. Me pide que le lea, pero no puedo. Es demasiado doloroso el recuerdo. Es demasiado doloroso escuchar en voz alta tanto desgarro.

Muros de silencio no es el libro que me pidió mi abuela. Porque con el tiempo me di cuenta de que no fueron hechos aislados. Que lo que sufrieron las mujeres de mi familia se repitió en miles de casas a lo ancho y largo de nuestro país. Durante la sublevación y la posterior dictadura, las mujeres sufrieron castigos específicos por dos motivos: por rojas y por mujeres. Y en el libro trato de poner luz sobre todos esas formas de represión que durante tantísimos años han tratado de ocultar.

Es necesario que rompamos los relatos construidos y señalemos responsables. No podemos seguir reproduciendo aquellos argumentos que reparten responsabilidades como si todos perdiéramos la guerra. No podemos caer en la equiparación de bandos como si la culpa de cuarenta años de dictadura, cientos de miles de víctimas, el robo de cientos de miles de bebes, el expolio, el exilio, la persecución, las torturas, las cárceles, los fusilamientos, la negación del duelo o las rapadas, fueran responsabilidad de todo el país y no de una parte del ejército que se levantó en armas contra un gobierno legítimo y democrático, porque no les gustó el resultado electoral, y que, gracias a la ayuda del fascismo europeo, pudo imponer a golpe de bala una nueva España.

Ahora hay quienes quieren blanquear aquellos años de terror, quienes relativizan el daño. Utilizan mensajes sencillos en formatos accesibles para propagar su odio y ocupar un espacio que se ha dejado deshabitado.

Me pregunto qué habría pasado si a mi generación, anteriores y posteriores, nos hubiesen mostrado sin pudor las heridas que sangran en nuestro país; qué habría pasado si no hubiesen pasado los libros de historia por el franquismo de puntillas y sin hacer ruido; qué habría pasado si hubiésemos puesto rostro a las madres de los bebés robados, a las personas que fueron torturadas por la policía, a quienes dieron de beber aceite de ricino y las pasearon rapadas por los pueblos; qué habría pasado si nos hubiesen enseñado que aquellos señores enterrados con honores de reyes o cuyos nombres se deletrean con azulejos al inicio de nuestras calles hicieron un auténtico genocidio y son responsables de muertes, dolor y ausencias.

Quizás si este país hubiese tenido menos reparo en mirar a los culpables a la cara y juzgarlos, de romper los muros de silencio que sirvieron para construir una fortaleza de impunidad donde viven los asesinos, hoy no lamentaríamos un auge tan pronunciado de la extrema derecha entre los hombres jóvenes –y no tan jóvenes–, que compran sin ninguna crítica que los cuarenta años de franquismo fueron una época de paz y concordia.

Tenemos el deber democrático de conocer el pasado para hacer justicia. No se pueden reabrir heridas que nunca cicatrizaron. Intento cada día llenar un hueco clave para asentar los pilares sobre los que se levantan nuestros derechos. Hablar de memoria no es polarizar, todo lo contrario. Tenemos la responsabilidad de cada persona, en cada espacio, en nuestros trabajos, de tratar de regar la semilla democrática que sembraron otros. La mala hierba crece, pero nuestras abuelas nos enseñaron que la libertad siempre acaba venciendo a la oscuridad.

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Isabel Serrano Durán

Autora del libro Muros de silencio