“El profesorado es una pieza central para la equidad educativa, pero no puede hacerlo por sí mismo”

HABLAR DE EQUIDAD EN EL ÁMBITO EDUCATIVO NO ES HACERLO SOLO DE OPORTUNIDADES DE ACCESO, sino también de desarrollo y de resultados, explica Aina Tarabini. Tampoco es útil encerrar sus causas dentro de los muros de la escuela, porque existe una injerencia de factores externos en todo el proceso. Y mucho menos es una cuestión únicamente de inversión. Hay que mirar lo que ocurre dentro y fuera de los centros para comprender y actuar frente a los problemas que profundizan la brecha entre nuestro alumnado y, por tanto, en la dificultad para ofrecer una trayectoria educativa en igualdad de oportunidades.

AINA TARABINI es doctora en Sociología por la Universidad Autónoma de Barcelona, profesora de Sociología de la educación de la misma universidad e investigadora de los grupos GEPS (Globalización, Educación y Políticas Sociales) y GIPE (Grupo Interdisciplinar de Políticas Educativas). Se ha especializado en Sociología de la educación y en el análisis de las desigualdades y las políticas educativas. En los últimos años ha participado en numerosos proyectos de investigación dentro y fuera de España, y ha trabajado con organizaciones como la Fundación Jaume Bofill, Unicef y Save the Children. Su campo de investigación tiene como foco las desigualdades sociales y sus repercusiones principalmente en las transiciones educativas y en los procesos de fracaso, éxito y abandono escolar temprano.

 

¿Qué es el derecho a la educación y de dónde nace?

Lo fundamental es que el derecho a la educación es algo que inevitablemente tiene que ir más allá del derecho a acceder a la escuela. Es evidente que acceder a la escuela es un elemento fundamental de este derecho, pero tiene que ver con el proceso y los resultados educativos. Los niños, las niñas y los jóvenes no solo tienen derecho a estar en las escuelas, sino también a estar en una buena escuela, a estar bien y aprender en ella.

¿Tiene España un sistema educativo equitativo, capaz de ofrecer las mismas oportunidades a todo el alumnado?

Nuestro sistema muestra unas deficiencias importantes en clave de equidad, porque sea cual sea el indicador que miremos, de acceso, de proceso o de resultados, siempre quedan en términos globales peor paradas aquellas personas que vienen de entornos sociales más vulnerables.

Pensemos por ejemplo en las tasas de repetición, en la graduación en ESO, en quién estudia Bachillerato o ciclos formativos, en quién accede a Infantil de primer ciclo, con independencia del indicador que miremos, el alumnado de estatus socioeconómico o cultural menor, o sea, de clases sociales más desfavorecidas, acaban con peores resultados o tienen una trayectoria educativa peor que el resto. Creo que nuestro sistema no ofrece las mismas oportunidades para todo el mundo y que estas no se centran solo en el acceso, sino también en la doble dimensión, del proceso y del resultado, que creo que es fundamental para responder de forma amplia a lo que significa el derecho a la educación.

“La escuela no es un reflejo mecánico de la desigualdad social, y en mismos contextos sociales ocurren procesos educativos y pedagógicos diversos”

¿Cómo podemos entender la desigualdad educativa y la social? ¿Se retroalimentan?

Efectivamente la desigualdad social y la educativa se retroalimentan, pero me gustaría decir dos cosas. Primero, que esta retroalimentación no es de forma mecánica. La escuela no es un reflejo mecánico de la desigualdad social y en mismos contextos sociales ocurren procesos educativos y pedagógicos diversos. En este sentido creo que es importante hablar de mecanismos de exclusión educativa que tienen una dimensión propiamente escolar y que nos empuja a mirar cómo organizamos nuestros currículos, nuestras metodologías, nuestras formas de evaluación y relación.

Cuando entendemos desigualdad social y educativa a veces lo hacemos de forma independiente, con las propuestas pedagógicas de la escuela por un lado y los capitales de las familias por otro. Pero, para entenderlo bien, hay que comprender cómo interaccionan. Porque la desigualdad se expresa por distancias y proximidades entre el mundo escolar y el familiar, y, por tanto, ver cómo interaccionan estos contextos familiares específicos con contextos educativos específicos es lo que nos tiene que hacer entender cómo se genera y cómo se produce esta desigualdad.

La educación en última instancia es, como institución social, una de las únicas, o diría que la única que, por su naturaleza, puede generar procesos de igualación social, de igualación de derechos, de oportunidades, de horizontes. Porque la escuela es un espacio donde, hipotéticamente, tenemos que encontrarnos con los otros y las otras, con la diversidad inherente que existe en nuestras sociedades, pero esto no siempre es así por las múltiples formas de segregación que existen en nuestro sistema. La escuela es el espacio que puede y debe generar nuevos horizontes, nuevas ventanas de oportunidad, nuevos imaginarios que van más allá del espacio familiar.

Debe ser un lugar central de política y acción educativa para luchar contra la exclusión social, que también, sin duda, debe combatirse desde otros frentes: políticas de rentas, de vivienda y sanitarias, pero también tiene que haber una política educativa que vaya en esta dirección.

Creo que hace falta una agenda educativa estable, unos acuerdos básicos sobre cuáles son los mínimos imprescindibles a los que no podemos renunciar, sea quien sea que esté gobernando, y creo que el nivel de crispación política partidista y de enfrentamiento que hay en España no ayuda a generar este elemento común, uno de los grandes retos de nuestro sistema educativo. Un sistema que, a pesar de los cambios que puedan generarse en diferentes momentos puntuales, tenga unos acuerdos básicos sobre qué lo estructura a nivel de conceptos. Este acuerdo no lo tenemos y nos perjudica ampliamente.

A nivel de políticas específicas esto se traduce en múltiples elementos. Uno fundamental es el de la financiación. No podemos tener un sistema educativo de calidad y con equidad con el nivel de infrafinanciación histórica que tenemos. Ciertamente la financiación no lo es todo y hacen falta otras políticas, pero por debajo de un nivel mínimo de inversión hay cosas que no se pueden hacer. La voluntad docente es necesaria, pero no suficiente, para generar un cambio de sistema en cuanto a equidad y trayectorias de éxito para todos y todas. Hacen falta recursos, de diversa índole, que sostengan esta voluntad.

“La voluntad docente es necesaria, pero no suficiente, para generar un cambio de sistema en cuanto a equidad”

¿Qué pasó con la idea de la educación como ascensor social?

La educación ha sido históricamente un mecanismo clave para posibilitar procesos de movilidad social ascendente y creo que la escuela es la única, o una de las pocas instituciones sociales que, por su naturaleza, puede conseguir dicha movilidad. El problema es que, en la práctica, la escuela acaba funcionando más como espacio de reproducción y no de movilidad social. De ahí el desencanto. A nivel individual, claramente la escuela contribuye a que numerosas familias de clase trabajadora puedan proyectar un futuro mejor para sus hijos e hijas; pero, a nivel colectivo, la escuela no consigue la emancipación de la clase trabajadora. Y ahí está la clave y conecta directamente con un acceso, unos procesos y unos resultados educativos que siguen siendo profundamente inequitativos.

¿Cómo impide la educación la exclusión social y la transmisión intergeneracional de la pobreza?

 A través de conocimientos, experiencias, vivencias, relaciones y competencias que no necesariamente se dan en el ámbito familiar. Garantizando que todos los niños, niñas y jóvenes aprendan en la escuela, y que aquello que aprenden, tanto a nivel cognitivo como moral, les habilita para ejercer una ciudadanía plena.

Si está tan claro el concepto y hemos comprobado sus ventajas, ¿qué pasa con el panorama político que no favorece la existencia de un ascensor más rápido y eficiente?

Es una pregunta que requiere una respuesta múltiple. Hacen falta recursos, estabilidad, revisar los currículos y los modelos de evaluación, y también atender a las particularidades de la oferta. Por tanto, se trata, en definitiva, del papel que juega la educación en la agenda política. Un papel que tiene que ser central.

“Sería iluso pensar que tenemos un sistema educativo perfectamente justo con un nivel de desigualdad social tan elevada, pero esto no nos tiene que llevar a una mirada catastrofista”

El abandono y el fracaso se han convertido en dos estigmas de nuestro sistema. ¿Se está haciendo realmente algo por reducir su incidencia?

Claramente el abandono escolar es uno de los problemas estructurales de nuestros sistema educativo y sin duda se están haciendo muchos esfuerzos, sobre todo a nivel local y de centros para combatir, detectar, diagnosticar y actuar frente al abandono escolar, pero creo que hace falta un frente común en el que la lucha contra el abandono sea el eje de nuestro imaginario y de nuestra política. Y esto implica financiación, formación del profesorado, estabilidad docente, revisar currículos y, en última instancia, no naturalizar que un 17% de nuestros jóvenes no adquiere el certificado escolar absolutamente mínimo e imprescindible para poder pasar por cualquier proceso de inclusión social o laboral.

Esto implica también revisar nuestro concepto de igualdad y de equidad educativa, y de entender que la igualdad de acceso es necesaria pero no suficiente, y que lo que pasa dentro del sistema educativo no se puede entender solo haciendo referencia a la ideología meritocrática, no se puede entender solo en base a las capacidades intrínsecas, los intereses, los esfuerzos de cada uno, que evidentemente son importantes, pero es imprescindible entender que necesitamos configurar un sistema educativo que dé respuesta a todos y todas, y que uno que sistemáticamente excluye a un porcentaje altísimo de la población no es justo, y esto es una cuestión fundamental.

¿Influye de alguna manera la Educación Infantil y la ampliación de la enseñanza obligatoria hasta los 18 años?

Hay mucha investigación que pone de manifiesto los efectos positivos que tiene en múltiples aspectos de desarrollo de niños y niñas, y que muestra que el acceso a la Educación Infantil de primer ciclo está muy condicionado por el origen social, por la clase social, por el estatus de las familias y esto es algo en lo que debemos intervenir. Para mí la cuestión central no es necesariamente sobre si modificar o no la obligatoriedad, sino plantearnos cuál es la estructura, la lógica de nuestro sistema educativo y por qué está organizado de esta manera.

Uno de los problemas clave de nuestro sistema es el corte o quiebre en el paso de Primaria a Secundaria Obligatoria a nivel de cultura y de infraestructuras de centros, de edificios, de profesorado, de relaciones, y creo que esto es algo que debemos mirar. Pero también debemos mirar cuál es nuestra estructura de 1618 años, porque en términos formales se establece una equivalencia entre grados medios y Bachillerato, pero esta sigue sin ser real. El bajo prestigio que todavía tiene la Formación Profesional se explica por múltiples factores, pero también por las posibilidades de acceso y salida que dan ambas vías de postobligatoria. Por tanto, más que hablar de obligatoriedad sí o no, creo que hay un elemento importante de plantearnos cómo se estructuran las diferentes etapas de nuestros sistema y qué es lo que permite generar trayectorias educativas largas para todas y todos.

¿Es la educación formal la única responsable o las oportunidades también dependen del entorno sociocultural del alumnado? ¿No será esto una permanente fuente de desigualdad?

No, ciertamente ningún fenómeno social es unicausal y, por tanto, para entender la desigualdad educativa hay que aludir a múltiples factores: la desigualdad social, lo que pasa fuera de la escuela, pero hay que aludir también a lo que pasa dentro de la escuela. Por tanto, hay que buscar mecanismos de intervención en los diferentes contextos que tienen una responsabilidad de la producción de esta desigualdad. Y una podría pensar que en un sistema que es inherentemente injusto, en un sistema social basado en la desigualdad grande entre clases sociales, es imposible pensar en un sistema educativo justo. Pero si pensamos en la línea de que desigualdad social y educativa se retroalimentan, pero no de forma mecánica, es importante pensar en qué formas de acción educativa pueden contribuir precisamente a reproducir o incluso a ampliar esta desigualdad. Sería iluso pensar que tenemos un sistema educativo perfectamente justo con un nivel de desigualdad social tan elevada, pero esto no nos tiene que llevar a una mirada catastrofista en la que se piense que no hay acción educativa posible.

La desigualdad, ¿es una cuestión de lucha entre la enseñanza pública y la privada, o va más allá?

Esto es un eje de desigualdad fundamental en nuestro país, porque grosso modo hay una desigualdad grande en el tipo de alumnado que escolarizan ambas redes y hay numerosa investigación que muestra que la composición social de los centros educativos afecta a las prácticas pedagógicas, a las expectativas docentes y del propio alumnado, por lo tanto es algo de lo que se tiene que hablar; pero creo que la desigualdad, y hay también suficiente evidencia de ello, va más allá de esta dicotomía pública-privada y hace falta ver también qué hace falta dentro de la pública y dentro de la privada.

“Es imprescindible poner sobre la mesa la necesidad de un pacto educativo que permita establecer unas bases mínimas para garantizar la equidad en educación”

¿Cómo repercute la clase social en la trayectoria académica del alumnado?

La clase social influye en la trayectoria de múltiples maneras. Lo que es evidente es que todos los datos de abandono escolar prematuro ponen de manifiesto que el riesgo de abandono no se expresa igual en función del origen social, sea de clase, de género o de origen, y aquí hace falta mirar, que en realidad es mi línea de análisis, lo que pasa fuera y dentro de la escuela.

El abandono tiene que ver con dinámicas específicas del mercado laboral. Si tienes un mercado que premia la baja cualificación, tienes más riesgo de que abandonen, pero este no se explica solo por lo que pasa fuera, sino también por un proceso largo de desvinculación con el mundo escolar, una desvinculación de lo cognitivo: para qué sirve esto, no soy bueno estudiando, para qué sirven las asignaturas…; una desvinculación conductual con las normas, las relaciones, con los valores de la institución escolar; y una desvinculación fuertemente emocional respecto a cuál es mi espacio en este lugar.

Por tanto, para generar trayectorias exitosas para todas y todos hay que aplicar políticas en lo laboral, pero también una política educativa que se base en la idea de que todo el mundo merece tener trayectorias educativas exitosas y, por tanto, en la idea no solo de igualdad de acceso, sino también de igualdad de resultados. Y cuando hablo de igualdad de resultados me refiero a aquellos conocimientos, aquellas competencias, aquellos títulos que consideramos básicos que todo nuestro alumnado adquiera a través de su paso por la escuela.

¿Se solucionaría el problema aumentando la inversión educativa únicamente o hay que cambiar otras cosas?

La inversión pública es fundamental. Aquí se ha instalado un imaginario que cree que la inversión no importa, cuando sí que importa y mucho; pero solo inversión no es suficiente. Por tanto, hace falta también pensar cuál es la estructura de nuestro sistema, qué itinerarios se permiten y se habilitan, cuál es la oferta educativa, cómo se forma nuestro profesorado, cuáles son los modelos curriculares y pedagógicos, etc. Y en cualquier caso, qué inversión. Efectivamente hace falta más inversión en global, pero también destinarla allí donde hay más necesidad.

¿Está la respuesta en poner el foco en la educabilidad más que en la educación de una manera general? ¿Se está haciendo algo desde las administraciones educativas al respecto?

Creo que es importante aplicar políticas, pensar en una lógica de interseccionalidad que actúe sobre salud, sobre vivienda, sobre rentas, sobre trabajos y también sobre educación; por tanto, para mí no es educabilidad o educación, sino que es cómo garantizamos un sistema que genere derechos dentro de la educación, dentro de la escuela y alrededor de la escuela.

¿Podemos afirmar que, a mayor inversión, más profesorado y mejores oportunidades para toda la ciudadanía, la situación cambiaría radicalmente?

Para entender y para luchar contra la desigualdad educativa es importante hacer un buen análisis de cómo se expresa, se produce y se reproduce. Por tanto, si entendemos que la igualdad y la desigualdad se produce desde el acceso, desde el proceso y desde los resultados, es imprescindible actuar en estos tres frentes y, por tanto, más inversión, más profesorado, diferentes itinerarios, más oferta de más calidad, es decir, todo lo que sea políticas educativas que garanticen procesos equitativos en el desarrollo y en el resultado evidentemente generaría menos desigualdad; pero, al mismo tiempo, necesitamos también políticas sociales que disminuyan la desigualdad fuera de las escuelas.

¿Hay otros factores que también fomentan la igualdad? Por ejemplo, las expectativas docentes o, como reconocía Henar Rodríguez en el pasado número de nuestra revista, la existencia de esos sesgos y su injerencia en la labor del profesorado.

Efectivamente uno de los elementos centrales de esta política educativa que ponga la equidad en el centro son los aspectos materiales, por decirlo de alguna manera, los recursos humanos, económicos, de tiempo, de espacio, todo lo que sea diseño de una oferta educativa específica de calidad, currículos, evaluaciones, pero también hace falta actuar sobre las creencias, hace falta actuar sobre las expectativas, porque el mundo educativo es un mundo que se basa en relaciones y las relaciones son inherentemente emocionales.

Por tanto, es importante actuar sobre los conceptos, sobre qué es para nosotros el aprendizaje, qué son las capacidades, qué es la justicia, cómo se adquiere, cuál es nuestro rol como docentes a la hora de actuar y generar esta igualdad o esta equidad en los procesos educativos.

Entonces, nos queda bastante trabajo. Estamos un poco lejos de este ideal, pero creo que es imprescindible poner sobre la mesa la necesidad de un pacto educativo que permita establecer unas bases mínimas para garantizar la equidad en educación, porque, si no, todo acaba recayendo en la voluntad, el desgaste de docentes maravillosas y maravillosos que se dejan la piel, la salud, las emociones, las relaciones para conseguir generar oportunidades, esperanzas, aprendizajes a su alumnado, pero a veces con un coste personal muy alto, porque no disponen de los recursos, el acompañamiento ni el reconocimiento para hacerlo. Entonces, los y las docentes son una pieza central para la equidad educativa, pero no pueden hacerlo por sí mismos, sino que necesitan un contexto material, emocional e institucional que les acompañe.

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