
Más allá de la políticamente estéril censura moral, es importante entender sus fundamentos. Para ello me centraré en el caso de Venezuela.
Las narrativas oficiales, acogidas con entusiasmo por los medios hegemónicos y todas las fuerzas políticas de la derecha, hablaron el 3 de enero de una acción encaminada a detener a un narcotraficante venezolano, su presidente Nicolás Maduro. Pero esta narrativa se muestra inconsistente viniendo de un gobierno que indultó a un expresidente de Honduras que cumplía 45 años de prisión en EE. UU. por introducir toneladas de cocaína al país. Y, aunque es difícil negar que el territorio venezolano es usado como salida a la cocaína procedente de la región andina, también se recurre a Ecuador o a Brasil, sin que sus gobiernos parezcan candidatos a la intervención. ¿Qué tiene Venezuela?
La respuesta más inmediata es el petróleo. Ciertamente, Venezuela alberga las mayores reservas probadas del planeta, mientras que Estados Unidos es el mayor consumidor. Este desequilibrio entre la relativamente escasa producción y el consumo creciente, que, como muestra Le Billon, siempre ha sido fuente de tensión, se incrementa en el contexto de una política energética que relega las renovables para volver al petróleo como fuente primaria.
Podríamos comparar la intervención militar en Venezuela por su petróleo, las ambiciones sobre Groenlandia y sus tierras raras, o Canadá y sus reservas de agua y petróleo, que forman parte de un escenario global de rivalidades y alianzas múltiples. Un escenario de un orden geopolítico del pasado, el de la rivalidad interimperial (1875-1945) que describe Agnew, cuando las economías de Alemania y EE. UU. comenzaban a competir ventajosamente con Gran Bretaña, potencia hegemónica anterior. La industria británica lideraba las tecnologías del vapor, pero no los nuevos sectores industriales: el eléctrico y el químico.
En todo caso, las argumentaciones en torno a las materias primas no estarían completas si, como argumenta Mearsheimer, no consideramos la posición de declive económico de EE. UU. que quiere revertir Trump. A pesar de poseer la maquinaria militar superior del planeta, acumula déficits comerciales y su capacidad industrial está en declive. Ya no es potencia hegemónica en términos económicos y ha dejado de ser el espejo donde se miran el resto de miembros del sistema interestatal. China, con su acción diplomática de la Franja y la Ruta, cautivaría de manera más eficaz. En estas condiciones, las potencias en declive se ven tentadas de usar la amenaza como instrumento alternativo, esperando que el miedo sea útil donde la diplomacia ya no lo es.