El Patronato de Protección a la Mujer fue una de las instituciones que ejercieron ese poder patriarcal durante años, de la mano de instituciones religiosas que buscaban velar por la dignidad de las mujeres y jóvenes “en riesgo de caer”. Muchas de ellas llegaron allí obligadas, engañadas o directamente presas por la policía moral del Patronato, sancionando duramente cualquier comportamiento que considerasen inmoral.
Durante dos días, expertas de distintas disciplinas y víctimas del Patronato abordaron esta parte de la historia reciente de España que muchas personas todavía desconocen. En un contexto de graves intentos de involución en el alcance de derechos de las mujeres y cuando estos comienzan a romperse, consideramos de gran interés la realización de las jornadas.
Fue tal su éxito e impacto entonces, que la idea es llevar esta experiencia a otras ciudades, como Sevilla (3 y 4 de marzo) y continuar el proceso de verdad, justicia, reparación y garantía de no repetición que tanta falta nos hace, especialmente porque la actual Ley de Memoria Democrática, no reconoce la condición de víctima del Patronato, por lo que no se les acredita como víctimas del franquismo.
Por ello, nada como conocer de primera mano sus testimonios para no olvidar los días más oscuros del pasado reciente.

¿Qué vas a contar, desgraciada?
Voy a resumir lo que fue esta Gestapo a la española contra las mujeres. El Patronato de Protección a la Mujer se fundó en 1902, desapareció con la Segunda República y volvió en 1941, presidido por Carmen Polo de Franco, esposa del dictador. Su objetivo era velar por la mujer caída o en riesgo de caer que desea recuperar su dignidad.
En el contexto franquista, hoy todas las mujeres estarían en el Patronato, sin excepción. Podía ser cualquier cosa: fumar por la calle, saltarte las clases, desobedecer a tus padres, manifestarte contra el régimen, un morreo en la última fila de un cine, perder la virginidad, tener un novio casado, ser pobre, ser huérfana; que te violara tu padre, tu sobrino…
El Patronato tenía una figura, las guardianas de la moral, que se paseaban por lo que llamaban “zonas de conflicto” (bailes, jardines, piscinas, la calle, cines…). En el momento en el que veían a una menor en una actitud que consideraban inmoral, llamaban a la policía y se les llevaba a un lugar llamado COC, Centro de Observación y Clasificación. Era la comisaría encubierta del Patronato. Ahí las tenían una semana encerradas en celdas y se les hacía un examen ginecológico. La que era virgen constaba como completa en su expediente y la que no, como incompleta. Esto era determinante para que fuera conducida a un sitio más o menos severo.
Estos reformatorios estaban auspiciados por congregaciones religiosas. Las que tenían mayor presencia eran las Oblatas, las Adoratrices, las Cruzadas Evangélicas, las Monjas de la Caridad y otras. Eran peor que cárceles, porque no teníamos ningún derecho. Nos tenían todo el día trabajando, fregando y rezando. No teníamos libertad y la intimidad se reducía al váter, porque los lavabos y las duchas estaban controlados. Acababa de cumplir 16 años cuando ingresé en las Adoratrices de Madrid.
Lo primero que deseabas al llegar era morirte. Cuando me enteré de que había suicidios, lo entendí perfectamente. De hecho, yo intenté quitarme la vida, pero me salió mal porque me salvó una interna. Era absolutamente insoportable la presión religiosa y el “tú estás aquí porque eres mala”.
No podías tener una amiga. Si manifestabas algún tipo de simpatía o que alguna te caía bien, te podían acusar de homosexual, lo fueras o no. Y entonces te llevaban a Ciempozuelos, que tenía un pabellón específico llamado “las patronatas”. Allí fueron sometidas a electroshock, coma insulínico y muchas murieron ahí. Es decir, esto fue un auténtico genocidio lésbico y yo lo he vivido.
En la práctica, si tú eras de Barcelona, te llevaban a Madrid. Si eras de Valladolid, a Sevilla. Si eras de Sevilla, a Canarias. ¿Por qué? Para desvincularte de tu entorno y, en caso de fuga, no tuvieras dónde ir.
Permanecer allí era un sufrimiento. Nunca había tenido necesidad de autolesionarme. Pero cuando te están infringiendo un dolor psíquico tan salvaje, necesitas procurarte un dolor físico fuerte que aminore ese dolor. Me autolesioné, pero de una forma distinta, porque la mayoría se cortaban las venas y lo tapaban con el puño de la bata. Entonces decidí que a mí no me lo iban a tapar, con lo cual me golpeé los huesos de los pómulos, sabiendo que al día siguiente mi cara iba a ser como la de un gato y así fue. Nadie me preguntó qué ha pasado o te pongo hielo, absolutamente nada.
Fui trasladada al Reformatorio de Ávila. Ahí hice una huelga de hambre y terminé con menos de 35 kg. Me devolvieron a Madrid y yo confiaba en la muerte del dictador. Pensaba que cuando muriera Franco todas saldríamos de ahí, pero murió y no pasó absolutamente nada. Me escapé y fui trasladada a El Buen Pastor de Barcelona, donde estábamos las fugadas de toda España.
Desde que ingresé en Adoratrices tuve claro que lo iba a contar. De hecho, les decía a las monjas, «Sí, usted siga, métame en celda de castigo, ahora en aislamiento, usted me hace lo que quiera, a mí me da exactamente igual, porque yo lo contaré”. Y me decía, «pero tú ¿qué vas a contar, desgraciada?». Pues mira, lo estoy contando. Hay que joderse.

“Ni olvido ni perdono”
Todas las que estábamos allí tenemos una historia y unas circunstancias distintas. Además de pillarme la dictadura franquista, me pilló una transición sangrienta, una revolución musical, las hormonas revueltas y era hija de un preso político.
Nos echaron de la casa donde vivimos en la Calle de la Paloma y nos fuimos a vivir a San Cristóbal de los Ángeles. Por las mañanas esperaba a todos los obreros que bajaban de Marconi, nos juntábamos con los de Barreiro; en el puente de la Princesa, con lo del Telefunken. Subíamos a Delicias con los de la Estándar y hacíamos aquellas famosas huelgas de los años 66, 67 y 68, que nos han dado los derechos que tenemos. Por las tardes, me iba a bailar rock and roll.
En ese contexto, las mujeres de mi familia, aterrorizadas, consideraron que si yo seguía por ese camino iba a acabar como mi padre. Y entonces decidieron hablar con el Patronato a mis espaldas. Una noche me metieron en un coche y me llevaron a Villalba. A mi madre la engañaron y le dijeron que yo iba a estudiar Secretariado, y eso la entusiasmó. Me escapé y me fui a mi casa a contarle a mi madre lo malas que eran las monjas, lo mal que nos trataban, que allí no se estudiaba secretariado, que había una explotación laboral… Mi madre no me creyó, llamó a la policía del Patronato y me entregó. Así que me devolvieron a Villalba.
Me metieron en una celda de castigo que no me podía poner ni tumbada ni de pie. Y no sabía si era de día o de noche. Yo creí que no salía de allí, que me moría. Solo pensaba: ¿por dónde me marcho?
Entonces convencí a 24 chicas de que nos íbamos. Aquella fuga me costó lo que me costó, porque ya era la segunda, me había llevado veintitantas chicas y no me querían en las congregaciones. Entonces me fui a Torremolinos a buscar trabajo. Estaba muy a gusto, pero la policía hizo una redada y yo estaba en búsqueda y captura por el Patronato, así que me llevaron al Centro de Orientación y Clasificación.
Yo todavía estaba completa, así que me mandaron a Adoratrices de Zamora. Y si las monjas de Villalba eran cafres y te daban castigos físicos, esto era el horror.
Aquello no lo podía soportar. Entonces estuve viendo la forma de irme. Yo ya tenía un expediente de fugas y sabía qué me estaba buscando, pero no me apetecía quedarme allí. Había un chico de mi barrio que me gustaba, que estaba haciendo la mili en Alcalá y fui a pedirle que me ayudara. Pues cuando volví al COC ya no solo no iba completa, iba preñada; y me clasificaron para el horror de los horrores: la maternidad de Peña Grande. Era entrar y ver a una cantidad de adolescentes sufriendo. Esa era la lindeza de las monjas con las niñas embarazadas y madres.
Luego estaba el miedo de las madres, que no querían que los niños, aunque estuvieran enfermos, subieran a la enfermería, porque no bajaban. Los niños se les morían a las monjas, pero nunca vimos un cadáver. Lo que sí sabíamos es que se lo llevaban familias afines al régimen.
Un día, fregando, la madre superiora me dijo: «¿Estás pensando en irte?». Le dije, «Sí, siempre.» Y me dijo, «Bueno, pues no te vas a tener que escapar porque te voy a abrir yo la puerta, pero si cruzas el dintel ya no te quiere ninguna congregación. Te llevas encima la Ley de Vagos y Maleantes. En cuanto salgas de aquí, vas a la cárcel y también te quedas sin tu hijo”.
Me volví a casa con mi madre, no sin dejarme claro que eso era una segunda oportunidad y que a la mínima volvía a la cárcel. El tiempo que estuve viviendo con mi madre, todos los días iban a verme las guardianas de la moral, a ver si trabajaba, cuánto ganaba, cómo vivía, cuánto ganaba mi madre, si podíamos mantener la niña o se la tenían que llevar. Esto era constante, así que hice lo que hacíamos la mayoría de nosotras: buscarme un marido y casarme, porque era mi única salida.
Así que salí de un infierno y me metí en otro, porque me casé con un maltratador. A los 21 años tenía tres hijas y una paliza diaria. Eso es lo que le debo al Patronato de Protección a la Mujer.
He tenido cinco hijos a los que adoro y una vida llena de trabajo para sacarlos adelante. Por lo tanto, ni olvido ni perdono, y quiero justicia y reparación.