
Las ponencias nos ayudaron a entender lo que perdimos: una educación pública, laica, innovadora, interdisciplinar y basada en derechos; y las rémoras que aún persisten, como el papel actual de la iglesia católica en el sistema educativo, el retraso en la innovación metodológica, la socialización de la mujer como madre y cuidadora, el desprestigio de la profesión docente o el adoctrinamiento frente al pensamiento crítico, entre otras.
La presentación del libro “Franco en los pupitres”, de María Jesús MartínDíaz, narró cómo influyó la guerra y los primeros años del franquismo en la educación, explicando el proceso de depuración que sufrieron las y los docentes. Con Isabel Ilzarbe López y Charo Hernández Moreno profundizamos en ese proceso, poniendo el énfasis en que fue un proyecto político diseñado para debilitar a la República y reprimir a la ciudadanía a través de la educación.
Las personas que ejercieron la docencia durante la República fueron consideradas «culpables», por lo que debían presentar un pliego de descargos y solicitar informes. Por supuesto muchas de ellas fueron ejecutadas sin siquiera un juicio. Para quienes sobrevivieron, las sanciones fueron el traslado forzoso, la inhabilitación temporal y permanente. Los puestos de maestros y maestras fueron ocupados por militares retirados, monjas, curas y personas sin formación docente “premiadas” por el régimen.
Mirta Núñez DíazBalart, profesora e investigadora de la Complutense, contó el proceso de depuración específico de la Universidad y el exilio intelectual, dando datos de la Universidad Central de Madrid (la actual Complutense). Las cifras impactan: el 44% de los catedráticos fueron sancionados. Así, figuras brillantes como Severo Ochoa o Grande Covián tuvieron que abandonar el país o fueron apartados de sus funciones.
En cuanto al exilio, México y Argentina acogieron a docentes e investigadores que se vieron obligados a huir. Es sangrante comprobar cómo se perdió todo este talento y como la Universidad se convirtió en una institución donde el nepotismo, el control eclesiástico y la censura imperaron.
Terminamos la tarde con Rosa Cano Mercado, inspectora en la Comunidad de Madrid, con quien entendimos cómo la inspección en el franquismo fue el brazo ejecutor que vigilaba que maestros y maestras cumplieran con el dogma católico y patriótico impuesto, haciendo un control férreo de los contenidos y la metodología.
Jornadas como esta son imprescindibles para entender cómo somos, cómo es la profesión docente y cómo es el sistema educativo actual, y también nos ayudan a buscar propuestas para los retos actuales y futuros.