Ratios elevadas, cargas burocráticas que nada tienen que ver con su labor, proyectos y programas a coste cero por parte de las administraciones públicas, cargas lectivas directas e indirectas que distan mucho de la realidad de una impartición educativa de calidad, sistemas de coberturas de plazas lentos o inexistentes en algunas especialidades, el aumento de alumnado con necesidades educativas especiales sin los apoyos específicos, son solo algunos de los ejemplos que no son escuchados ni en el Ministerio ni en las mesas de negociación. Este es un mal ya cronificado e invisibilizado, que además se ha convertido en un mal estructural debido a la falta de soluciones.
¿Nuestra salud no importa?
Esto está desembocando en un malestar y una crispación que va en aumento, y que afecta en gran medida a la salud laboral de nuestras y nuestros profesionales.
Así, la sobrecarga laboral provoca, entre otras patologías: fatiga crónica, estrés crónico, ansiedad y agotamiento emocional lo que afecta, no solo a salud física, sino también a la salud mental de las y los docentes. Estas patologías derivan a medio y largo plazo en trastornos del sueño, problemas cardiovasculares, disminución del rendimiento, alteraciones y un aumento de accidentes laborales debido a la falta de concentración.
Pero más allá de esto, aún seguimos esperando que se diagnostiquen las incapacidades temporales (IT) que se producen en el sector, no como enfermedad común, sino como una consecuencia clara de las condiciones de trabajo en las aulas, y que son claramente de ámbito profesional. Recurrir a cualquier otro tipo de nomenclatura es un intento de ocultar la realidad.
Si a esto sumamos cuestiones como la falta de reconocimiento, la falta de autoridad o la dejadez en la aplicación de protocolos en los centros, el bienestar mental de este colectivo es más que cuestionable y, desde luego, no está en estándares asumibles para su autogestión, lo que hace que sintamos despersonalización y baja realización personal. Y las mujeres, que generalmente sufren una doble carga, son las más afectadas por este cóctel de factores de riesgos psicosociales que merman su salud mental y física, somatizando muchos de estas patologías.
A esta realidad se suma una progresiva pérdida de poder adquisitivo del profesorado, así como condiciones de precariedad laboral especialmente visibles en etapas educativas, como la de 0 a 3 años, donde predominan salarios más bajos, escasa estabilidad contractual, elevada carga de trabajo y un reconocimiento profesional insuficiente. Estas circunstancias generan una sensación constante de inseguridad y desgaste, dificultando no solo el bienestar del personal educativo, sino también la calidad de la atención y el acompañamiento ofrecido al alumnado.
El limitado respaldo institucional y su falta de compromiso político, junto con la creciente complejidad del entorno escolar, contribuyen a que esta problemática permanezca frecuentemente invisibilizada o minimizada dentro de los centros educativos. Esta situación dificulta la identificación temprana de los factores de riesgo y retrasa la implementación de medidas eficaces de intervención y apoyo. Por ello, resulta imprescindible desarrollar e impulsar planes integrales de prevención de riesgos psicosociales que contemplen no solo la detección y atención de las situaciones problemáticas, sino también la promoción del bienestar emocional, la formación del personal educativo, el fortalecimiento de las redes de apoyo y la creación de entornos escolares más seguros, inclusivos y saludables para toda la comunidad educativa.
No es una cuestión política
El síndrome de burnout en el profesorado trasciende el ámbito individual y constituye una problemática con importantes consecuencias, tanto en el entorno educativo como en la comunidad escolar en su conjunto. El desgaste emocional, la fatiga crónica y la sensación de desmotivación que experimentan las y los docentes no solo deterioran su bienestar psicológico y físico, sino que también afectan de manera significativa a su desempeño profesional, a las relaciones interpersonales dentro del aula y a la calidad del proceso de enseñanza-aprendizaje.
Cuando el personal docente se encuentra sometido a altos niveles de estrés prolongado, pueden verse alteradas su capacidad de atención, su implicación pedagógica, y la gestión de las tareas e interacciones con el alumnado. Esta situación repercute directamente en la poca personalización de la enseñanza, amplificando situaciones de mayor segregación y menos inclusivas.
Además, este contexto ha favorecido la aparición de un fenómeno cada vez más preocupante: el abandono de la profesión docente, conocido también como la “gran dimisión” educativa, en el que las y los profesionales deciden dejar la enseñanza debido al desgaste psicológico, la falta de reconocimiento y la percepción de no contar con suficientes recursos ni apoyos.
Por esta razón, el burnout docente debe entenderse como un problema de salud laboral, educativa y comunitaria que requiere una respuesta integral por parte de las instituciones. Resulta fundamental implementar estrategias de prevención orientadas a reducir los factores de riesgo psicosocial, disminuir las cargas de trabajo y dignificar la profesión docente, promoviendo condiciones laborales saludables y fortaleciendo el bienestar emocional del profesorado.
Solo mediante un compromiso institucional sólido será posible proteger la salud de las y los docentes, y garantizar una educación de mayor calidad y bienestar para toda la comunidad educativa.
Porque la falta de escucha y la ausencia de soluciones no es una cuestión política. A nuestros y nuestras docentes sus condiciones laborales les están quitando la salud, y eso no podemos seguir permitiéndolo.