Diario de una interina

SOY LAURA, TENGO 37 AÑOS Y, SI TUVIÉRAMOS QUE MEDIR MI EXPERIENCIA DOCENTE EN KILÓMETROS, YA HABRÍA DADO LA VUELTA AL PAÍS DOS VECES. Soy interina de orientación educativa, y mi coche es mi despacho, mi comedor, muchas veces mi cama y mi sala de lloros.

Esta es mi realidad y la de muchas personas que cubrimos esas sustituciones que nadie coge, a menudo medias jornadas que apenas dan para un sueldo básico, en una itinerancia constante que marca a fuego mi vida laboral y, especialmente, la personal.

La semana pasada estaba en un instituto en plena sierra, a una hora y cuarto de mi casa; hoy, acabo de aterrizar en un centro en la otra punta de la provincia. Las carreteras comarcales secundarias, las largas distancias y los cambios continuos convierten el trabajo en un reto diario. La temporalidad en la enseñanza pública es un problema estructural que nos afecta a más del 30%.

Llegar a un centro nuevo es un salto al vacío. Como orientadora, mi labor requiere un conocimiento profundo del alumnado, establecer vínculos de confianza y coordinarme con el equipo docente. Cuando las sustituciones son cortas, apenas me he aprendido los nombres de los casos más urgentes y se acabó mi estancia. Dejo tras de mí el consiguiente retraso y la incomprensión del alumnado con el que había conseguido conectar. Es una sensación de urgencia y frustración constante, de sentir que la jornada no alcanza.

Recuerdo aquel día, a finales de noviembre, en un centro a más de 50 km de casa. Tenía que terminar algo urgente, una cuestión vital para un chaval de 2º de la ESO. Me quedé en el instituto hasta el cierre. Salí agotada, ya de noche, con una niebla que no dejaba ver. El viaje de vuelta se me hizo interminable. El susto que me llevé cuando un jabalí se cruzó en la carretera todavía me encoge el estómago. Frenazo brusco, el corazón en la boca. Sola en el arcén y con las manos temblando al volante, no podía parar de pensar, con lágrimas de pura tensión, si compensaba.

Y a pesar de todo esto, sé que dentro de la precariedad de la interinidad, tengo que sentirme privilegiada porque tengo un coche para llegar a destinos recónditos. Hay compañeros y compañeras que ni siquiera tienen un vehículo propio, y a quienes el banco jamás les daría un crédito para comprarlo dada nuestra situación de incertidumbre. Se enfrentan a odiseas diarias, tragándose horas interminables de combinaciones imposibles de transporte público, saliendo de casa de madrugada para llegar a la primera clase. A nivel económico, la merma del sueldo es evidente. Los gastos de gasolina, el desgaste del coche, las revisiones mecánicas. Y, aunque —en algunos sitios ni eso— existe un complemento por desplazamiento, este no cubre el peaje emocional de vivir siempre con la vida a medio hacer, pendiente de la próxima adjudicación. La inestabilidad laboral se traduce en vital.

Y esta precariedad constante pospone decisiones aún más trascendentales. ¿Para cuándo ser madre? Finalmente, mi pareja y yo tuvimos a nuestro hijo, que ahora tiene 3 años. Pero, siendo honesta, a veces me parece una irresponsabilidad. La maternidad, sin saber en qué comarca trabajaré el curso que viene, teniendo que dejarlo a las 7 de la mañana para comerme 60 kilómetros de carretera, es una carrera de obstáculos. Él hace malabares con su trabajo para cubrirme, asumiendo una carga desproporcionada que nos agota y genera tensiones que no existían. Hacemos encaje de bolillos con horarios cambiantes y centros lejanos, siempre con la sensación de no llegar, de ser una madre a medias, una orientadora a medias y una pareja ausente.

A todo esto hay que sumar la condena bienal: la oposición. Cada dos años, a la carga lectiva, los kilómetros y la crianza, sumo horas de estudio robadas al sueño y a mi familia. Y lo peor es que, a medida que pasan los años, se hace más cuesta arriba. La energía no es la misma. Cuesta más concentrarse tras una jornada agotadora y las responsabilidades vitales se multiplican. Ya no es solo el niño; son mis padres, que requieren más atención y cuidados, situaciones familiares sobrevenidas que no esperan a que apruebes, achaques de salud propios del estrés crónico… Y de fondo, siempre, la angustia económica de no saber si trabajarás el próximo curso, la presión brutal de jugarte el futuro en un examen, sabiendo que un mal día significa no sacar la plaza y, quizás, caer en la bolsa. Una ruleta rusa que agota.

Pienso en mi compañero Andrés, interino de Educación Física, lidiando con 200 estudiantes a quienes no puede llegar a conocer; o en Jose, que cree que este ritmo infernal sentenció la relación con su novio. No quiero sonar dramática, amo mi profesión. Pero la vocación no paga facturas ni evita accidentes. La estabilización del profesorado interino no es solo una reivindicación laboral; es una necesidad pedagógica urgente. El alumnado necesita referentes estables y nosotros necesitamos dejar de pensar en sobrevivir para centrarnos en lo importante: su educación.

La historia de Laura es el reflejo de lo que vive el personal interino, sin importar la región. Es el relato compartido de miles de personas que sostenemos la educación pública desde la inestabilidad.

Si llevas pocos años en la bolsa, quizá no te identifiques del todo aún, pero sabes lo que es el sacrificio de la oposición, esa lotería que tantas veces deja la sensación de que el esfuerzo no sirve. Y, si por fin has conseguido un destino cerca de casa, tras años de renuncias, sabes que sientes eso como un triunfo inmenso, casi un privilegio, cuando debería ser la norma.

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Ana García Sáez de Dallo

Delegada sindical